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Voz de alarma. Juan José Millás

Parece que el domingo pasado nos dimos un atracón de tele. Casi 37 millones de españoles (el 83,5% de la audiencia) permaneció al menos un minuto delante de la pantalla (suponemos que encendida). Habría bastado con que el 16,5% restante estuviera durmiendo, fumándose un porro, leyendo la novela Cincuenta sombras de Grayo poniendo en práctica sus escenas más calientes, para que durante ese minuto en el que nadie vigilaba hubiéramos sido invadidos por una potencia alienígena. Se dice pronto: todos los habitantes de un país narcotizándose a la vez, y con la misma variedad de estupefaciente. Familias al completo atrapadas en la pasividad que producen las drogas hipnóticas, todas de espaldas a la vida, mientras las naves espaciales tomaban nuestras calles y de ellas descendían miles de marcianos, como los griegos del caballo de Troya, para introducirse en nuestros cuerpos.

De hecho, el lunes se notaba en la atmósfera algo extraño, distinto. Si encendías la radio, escuchabas los programas de siempre, sí, pero con una ligera distorsión, como si los locutores y los tertulianos fueran imitaciones aún no perfeccionadas de los de la semana anterior. Y había en las noticias de los periódicos un sonido raro, como cuando una moneda falsa cae y rebota contra el suelo. Recuerdo haber visto en la tele a Cospedal, vestida con una chaqueta de primera comunión, y haberme dicho que era una Cospedal más extraterrestre, si cabe, que la de todos los días. La misma Ana Botella, que dio una rueda de prensa, parecía robotizada, como si la estuvieran manejando a distancia. Vivo desde entonces con esa sensación de irrealidad que proporciona entrar en un decorado perfecto, pero al que se le ven las costuras si se te ocurre levantarle las faldas. Si hay alguien más con esta sensación de caballo de Troya, debería dar la voz de alarma.

EL PAIS, 23-XI-2012

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