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Voces. Juan José Millás

Un amigo del colegio escuchaba voces, pero no dentro de su cabeza, que es lo habitual, sino dentro de los zapatos. Lo llevaron al psicólogo, donde Luis, que así se llamaba, contó que un día, jugando a los teléfonos, se colocó un zapato de su madre, el derecho, en la oreja y oyó voces que le incitaban a masturbarse con fantasías sexuales propias de esas líneas eróticas que aparecerían muchos años más tarde y de las que este chico fue un precursor. Quizá convenga aclarar, para aquellos a los que resulte extraño que alguien juegue a los teléfonos con un zapato, pudiendo hacerlo con el teléfono mismo, que estamos hablando de una época en la que sólo los ricos disponían de este artilugio. Los pobres y los espías teníamos que hablar por el zapato. El caso es que cuando mi amigo descolgaba el del pie derecho, y a juzgar por las procacidades que le decían desde el otro lado, le salía directamente Sodoma.

¿Y cuando descolgaba el del pie izquierdo? Cuando descolgaba el del pie izquierdo escuchaba unas voces que eran el negativo de las anteriores, porque le aconsejaban que no se masturbase. Como al psicólogo le pareciera que lo normal hubiera sido que las voces que le empujaban al mal procedieran del lado izquierdo y las que le empujaban al bien, del derecho, mi amigo le explicó que era zurdo, por lo que su lado siniestro u oscuro era el derecho. Al psicólogo le pareció una explicación suficiente y dijo a los padres que no se preocuparan, que Luis disponía de una lateralidad bien conformada y que tenía, gracias a Dios, muy diferenciados los conceptos del bien y del mal. Como hombre avanzado que era, hizo un informe para el colegio en el que sugería que no le obligaran a escribir con la mano derecha al objeto de no confundir su universo ético.

Todos los días, al salir del colegio, me iba a su casa y nos encerrábamos en su habitación, donde él escuchaba el zapato derecho de su madre y yo el izquierdo, que era el que me excitaba porque soy diestro. En realidad, jamás escuché nada, pero me excitaba igual, porque ya entonces era fetichista. El otro día falleció Luis y ayudé a su viuda a amortajarlo. Le puse el zapato derecho en el pie izquierdo y viceversa, para confundir al diablo. O a san Pedro.

EL PAIS, 18-III-2005

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