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Verduras rehogadas. Juan José Millás

Creíamos ingenuamente que las mafias se constituían a imagen y semejanza del Estado, porque aspiraban a eso, a ser Estado, y resulta que es el Estado el que nace a imagen y semejanza de las mafias, porque aspira a eso: a ser mafia. Pero como la cohesión social se establece sobre el idealismo idiota del ciudadano de a pie, ahí están las formas (mantengamos las formas) para que la mafia continúe pareciendo mafia y el Estado siga pareciéndonos Estado. De otro modo, se le podría ocurrir a alguien la idea de que el Rey, que es casualmente el jefe del Estado, está desnudo. ¿Cómo entender, si no, que, por mandato constitucional, sea ajeno a las leyes que se hicieron para castigar a las mafias?

La verdad es que si uno miraba de vez en cuando hacia otro lado o se tapaba las narices al pasar algunas páginas de la prensa, todo marchaba más o menos bien. Habíamos llegado a creer que la corrupción antigua del PSOE (y la del PP, que escapó por defectos de forma) era un episodio pasajero de nuestra historia democrática, un lunar en una transición modélica y demás monsergas, cuando hete aquí (signifique lo que signifique hete aquí) que las tuberías de los albañales y las del agua potable se cruzan, se atraviesan, se abrazan, no sé, el caso es que cuando abres el grifo de la cocina sale mierda. Del mismo modo, cuando aparece un político en la tele, no sabes ya si es un verdadero político o un gánster; en otras ocasiones, cuando sale un gánster jurarías, por el modo de moverse y hablar, que es un político. Quizá lo que ha ocurrido es que la mafia ha alcanzado por fin la meta que siempre ha perseguido (devenir en Estado), mientras que el Estado se ha doctorado finalmente, según su vieja vocación, en mafia. Y usted y yo aquí, rehogando las verduras de la cena, de acuerdo con la misión histórica que se nos tiene encomendada.

EL PAIS, 08-III-2013

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