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Una deuda. Juan José Millás

Si los insectos pudieran anillar, nos soprendería el viaje alucinante que llevan a cabo a lo largo de su breve existencia. Hoy han venido a repararme el ordenador y, al abrir la torre, hemos encontrado en el disco duro el cadáver de una mosca. Una moca muerta no es gran cosa en verano, pero en mitad del invierno puede provocarte un pequeño espanto. La hemos contemplado perplejos, como si se tratara de la primera mosca digital de la historia (aunque parecía haber fallecido de algún mal analógico), y luego, tras colocar su cuerpo sobre un pedazo de papel, la he observado detenidamente con la lupa. Se trataba, en efecto, del mismo bicho que este verano me insipiró un poema sobre la muerte que dejé a medias cuando septiembre se coló por debajo de la puerta. Lo sé porque un día, mientras me peleaba con un verso, la cacé al vuelo y le hice en el abdomen una señal con un rotulador rojo.

Durante todo el verano, el insecto entró y salió de la torre del ordenador a través de la ranura de la disquetera. No hice nada para impedirlo porque me parecía tan excitante como tener un nido de golondrinas en la ventana. Un día vi salir un grupo de mosquitas y supuse que eran hijas de esta mosca primordial con cuyo cadáver he tropezado hoy. Pero no siempre se encontraba en mi estudio. Un día, mientras me afeitaba, la sorprendí recorriendo el reflejo de mi rostro enjabonado. Por aquellos días, yo iba con la lupa a todas partes para distinguirla del resto de las moscas. Llegué a la conclusión de que no se había posado Llegué a la conclusión de que no se había posado jamás sobre una planta, un árbol, una flor. Toda su vida discurría sobre atmósferas marcianas tales como mi estudio, el cuarto de baño o la cocina, adonde acudía después del desayuno para recoger puntualmente las sobras.

Tengo junto al ordenador un pequeño cactus que absorbe las radiaciones digitales. Debajo de ese cactus he enterrado a la mosca y después me he dado el día libre. Mientras paseaba por el parque como si no tuviera nada que hacer, he decidido que retomaría la escritura de ese poema sobre la muerte que dejé a medias cuando septiembre nos herió. Me lo debo a mí mismo, pero sobre todo se lo debo a esa mosca que me dictó su primer verso.

EL PAIS, 23-I-2004

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