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Un beso. Juan José Millás

Estos días, antes de dormirme, acurrucado en la zona de sombra de mi cama, pienso en la sonda Philae, que ha ido a caer en la parte oscura de esa roca negra que recuerda a un tubérculo. Con los ojos cerrados, viajo imaginariamente hasta el cometa para observar el artefacto, que tiene el tamaño y la forma de una lavadora, aunque dispone de unas patas como de moscardón metalizado. Ahí está, más solo que un perro perdido, en una grieta de esa patata anómala a la que no llegan los rayos del Sol. La Philae tiene algo de bella durmiente tecnológica a la espera de un beso. El beso llegará, dicen sus creadores, cuando, en una de las evoluciones del tubérculo por el hondo espacio, se acerque al astro rey. Quizá entonces se desplieguen como las alas de una mariposa sus paneles solares y sus entrañas se calienten produciendo, como en el viejo olmo de Machado, uno de esos milagros de la primavera. El milagro, en vez de traducirse en una rama verde, se manifestará en señales digitales que decodificaremos a 500 millones de kilómetros, y de las que deduciremos nuevos datos sobre esa historia de terror que fue la formación del sistema solar y la aparición espantada de nosotros mismos sobre la Tierra.

Mi identificación con la Philae es intensa, aunque yo he tardado más años en llegar a la zona de sombra en la que vivo que ella a la del 67P/Churyamov-Gerasimenco. La cuestión es que ambos esperamos el rayo de sol que nos ponga en marcha, que nos movilice y active. Entretanto, una y otro viajamos, ciegos, sordos y mudos, a bordo de sendas rocas que se mueven a velocidades siderales por la negrura inmensa de un universo incomprensible, lleno de planetas vacíos y helados en los que las tormentas de aire levantan polvaredas de muerte.

EL PAIS, 21-XI-2014

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