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Traficantes. Juan José Millás

Hay en España más de tres millones de viviendas en cuyos dormitorios no folla nadie porque están vacías. Tampoco tiembla en sus tendales la ropa íntima recién lavada a mano ni por sus pasillos corren los niños en triciclo. El aire de sus habitaciones se pudre como el agua estancada. Si con los retretes de todas esas viviendas hiciéramos un solo y gigantesco retrete, no podría evacuar, pese a su diámetro, la heces mentales que han dado lugar a esta situación. Si con todas sus bañeras construyéramos una sola bañera, tampoco cabría en ella el cuerpo del delito. Y si con los hornos de todas sus cocinas construyéramos un solo y formidable horno, no alcanzaría el tamaño del infierno que nos merecemos.

Pero cuanto más pútrida es su atmósfera, mayor es la cotización de estas casas, Sus dueños calculan cada día el grado de beneficios en un libro. Nadie llamará nunca a la puerta de estas tristes moradas, porque no se diseñaron para ser habitadas, sino para especular con sus oquedades. Imaginemos que, mientras la gente muere de tuberculosis, los laboratorios farmacéuticos acaparan, sin poner en venta, los antibióticos capaces de terminar con ella. Los antibióticos estarían cada día más caros y sólo los enfermos con muchos recursos podrían acceder a ellos. Supongamos que en esta situación de emergencia sanitaria el Gobierno, en lugar de tomar medidas radicales para evitar la especulación con un bien de primera necesidad, defendiera el derecho a la propiedad privada de los fármacos por encima del derecho a la vida de los contribuyentes enfermos.

No es necesario imaginarlo. Está sucediendo. Tres millones de viviendas, más las que hay en construcción, destinadas de antemano a no ser habitadas, son como tres millones de vacunas contra la polio inmovilizadas en un país de poliomielíticos. El tamaño del disparate es colosal, aunque lo tenemos tan cerca que sólo somos capaces de ver aspectos parciales de él. Cuando nos coloquemos a la distancia ideológica adecuada para observarlo en toda su dimensión, los especuladores ya estarán traficando con otro bien de primera necesidad amparados por el Gobierno de turno.

Qué mundo.

EL PAIS, 14-XI-2003

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