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Todos locos. Juan José Millás

Una señora me pidió en unos grandes almacenes que le dedicara un libro. Lo firmé, se lo entregue, sonrió.
-Es para cuando deje de fumar - dijo.
Me pareció una tontería, pero una tontería que consiguió ocuparme la cabeza durante un rato. ¿Qué idea tendrá esa mujer de dejar de fumar? ¿Qué idea de leer una novela?

A los pocos meses volví a encontrarme con ella en la Feria del Libro de Madrid. No sabía si preguntarle si había leído mi libro o si había dejado de fumar, pero ella se adelantó: Había dejado de fumar y había leído mi libro, por este orden, pero al terminarlo encendió un cigarrillo y estaba otra vez en una cajetilla diaria. Por un momento temí que se tratara de una de esas personas expertas en denuncias y que pretendiera obtener una indemnización de mí, por haber recaído en el vicio.
-Tus personajes fuman mucho -dijo.
-No siempre, no todos -respondí yo.
-Y no les pasa nada por fumar.
-Tampoco es cierto -me defendí-, tienen faringitis crónica y se acatarran con facilidad,
-Pero eso no sale en tus novelas.
-Tampoco sale que se visten al levantarse de la cama, pero se visten al levantarse de la cama. Ninguno de mis personajes es nudista.
-¿Y tú fumas?
-No, yo leo.

Entonces la mujer sacó un libro de poemas del bolso y me lo dio. Saltaba a la vista que se trataba de una de esas ediciones financiadas por el propio autor. Dijo que era suyo y me lo dedicó con mucho afecto sin que yo se lo hubiera pedido.
-Lo leeré cuando vuelva a fumar -dije a modo de despedida.
Lo cierto es que en lugar de deshacerme de él, que habría sido lo sensato, lo guardé por una cuestión medio supersticiosa en un cajón. Ayer tuve un disgusto y volví a fumar. Ahora sé que hasta que no lea el maldito libro no me quedaré tranquilo. Estamos todos locos.

La opinión de Zamora, 9-XI-2004

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