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Todos esos teléfonos. Juan José Millás

Un avión se cae en medio del Atlántico y los familiares de las víctimas acuden al aeropuerto en busca de noticias. Podrían haber ido al Ministerio del Interior, por poner un ejemplo, pero acuden al aeropuerto por una asociación inmediata de ideas. Es normal. Lo anormal es que las autoridades no habiliten un lugar más habitable para las víctimas de la catástrofe. Hasta Sarkozy, que no había perdido a nadie, tuvo ese reflejo primario y se fue corriendo al aeropuerto para dar consuelo a los familiares de los desaparecidos. Me pregunto en cuántas ocasiones, a lo largo de la vida, actuamos de este modo absurdo. No tiene ningún sentido que la información sobre un accidente sucedido en medio del mar se centralice en un aeropuerto que queda a miles de kilómetros de distancia.

Pero el aeropuerto, en esos momentos de dolor, quizá era un símbolo de cercanía con las víctimas. El absurdo racional no siempre coincide con el absurdo emocional. Lo que racionalmente parece un disparate, desde el punto de vista de la emoción es pura lógica. Quizá, pues, aquella carrera loca de los deudos hacia el aeropuerto de Paris, adonde el vuelo no llegaría jamás, estaba llena de razones que mi insensibilidad, en el primer párrafo de este artículo, no me permitió captar. Bien pensado, yo mismo, en tal situación, habría salido también disparado hacia el aeropuerto, hacia cualquiera, el más cercano. O no. Tal vez me habría detenido en la puerta de casa, a pensar. ¿Por qué al aeropuerto? ¿No sería más lógico que las autoridades habilitaran dentro de la ciudad un lugar para la ocasión?

Es el problema de quienes damos demasiadas vueltas a las cosas, que nos paralizamos. No tenemos salud racional ni emocional porque en nosotros no está bien delimitada la frontera entre uno y otro territorio. Sí estoy seguro, sin embargo, de que aun habiéndome quedado en casa, esperando noticias del ministro del Interior, habría telefoneado mil veces al móvil del ser querido, por si fuera capaz de contestar a cuatro mil metros de profundidad, debajo del agua. Los teléfonos móviles han añadido a las tragedias un plus de dramatismo que pone los pelos de punta. Todos esos teléfonos sonando bajo el océano.

La Opinión de Málaga, 05-VI-2009

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