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Terrorismos. Juan José Millás

¿Qué haría uno si al llegar a casa después de un largo viaje abriera la maleta y encontrara dentro de ella una bomba? ¿La arrojaría por el retrete? ¿La explosionaria en el jardín? ¿La abandonaría en una papelera? Servidor haría cualquier cosa menos avisar a la policía. ¿Por qué? Por si tuviera, sin ser consciente de ello, doble personalidad y en una de mis dos vidas fuera un peligroso terrorista que recorre el mundo con explosivos camuflados en el equipaje. Quizá acudiera al psiquiatra para explicarle el caso. El psiquiatra es la única figura de autoridad en la que aún confio, en parte porque está obligado a guardar el secreto profesional y en parte porque le pago en metálico, billete sobre billete, lo que me produce la impresión de estar comprando su silencio.

Tengo muchos motivos para actual así. En mis últimos viajes he sido tratado como un terrorista en todos y cada uno de los controles policiales por los que he tenido que pasar. En uno de estos controles me pidieron que me quedara en camisa y me quitara el cinturón y los zapatos delante de todo el mundo. Como les pareció una humillación insuficiente, una señorita con gorra, que blandía una especio de falo del que salían unos raros gemidos, me tocó el culo y los genitales con el trasto. Tras perdonarme la vida, tuve que volver a vestirme a la vista del numeroso público, con la tarjeta de embarque entre los dientes. Uno no puede ser tan controlado, tan registrado, tan agredido, si no es porque resulta sospechoso.

Viene todo esto a cuente de esa noticia sobrecogedora según la cual la policía francesa introdujo en la maleta de un viajero, sin pedirle permiso ni avisarle, un explosivo para adiestrar a un perro. El olfato del animal funcionó, pero los gendarmes se olvidaron de recuperar el petardo, que no sabemos adonde ha ido a parar. Si la policía puede cometer tropelías de este tamaño, los terroristas pueden dormir tranquilos porque les estamos haciendo el trabajo las personas de orden. En el momento de escribir estas líneas, la bomba no ha aparecido, quizá porque el dueño de la maleta cree que tiene doble personalidad. Y resulta que no, que quienes tienen doble personalidad son los agentes del Ministerio del Interior francés.

EL PAIS, 10-XII-2004

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