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Sinvergüenzas. Juan José Millás

La caja negra es la conciencia del avión. Gracias a ella podemos saber a quién se encomendó la nave en sus últimos momentos y si sus niveles de aceite y ética la hacían apta para el transporte de pasajeros, de donde se desprende que ningún avión debería volar sin conciencia. Sin embargo, el Yak-42 en el que perecieron 62 militares españoles la tenía averiada. Se trata de un dato que merecería un capítulo en la cruenta historia de las subcontratas. Si ustedes se fijan, la distancia entre los dos extremos de una relación comercial no sólo reduce el precio del servicio, sino su calidad moral. Cuando un albañil muerto en accidente de trabajo pertenecía a una subcontrata que a su vez había sido subcontratada por la empresa subcontratadora, el constructor ni se entera de que una familia se ha quedado huérfana ni de que los andamios de su obra estaban mal colocados. O sea, que se fuma un puro.

En el caso del Yak-42, la distancia entre el Ministerio de Defensa y la empresa encargada del transporte siempre nos pareció excesiva. La función de los intermediarios, además de abaratar costes, es reducir el riesgo moral. Aquí se cae un avión y todo el mundo duerme bien porque le echa la culpa a la parte contratante de la primera parte, que inmediatamente señala a la parte contratante de la segunda parte, y así sucesivamente. Dado que las noticias caducan cada vez más pronto, cuando al cabo de siete u ocho años se llega al final del hilo, nadie recuerda lo que era un Yak-42. Quiere decirse que volar sin conciencia resulta finalmente rentable para las empresas y para los ministerios tanto desde el punto de vista económico como desde el moral, en el caso de que la moral y la economía tengan todavía intereses distintos.

No sabemos si el universo tiene caja negra, ni si el Sol que nos alumbra es el resultado de una cadena infinita de contratas y subcontratas, pero sí estamos en disposición de asegurar que la ausencia cada vez mayor de conciencia en todos los órdenes de la vida conduce, por un lado, a la proliferación de empresarios sinvergüenzas y de ministros sinvergüenzas y de instituciones sinvergüenzas, y, por otro, a la de muertos de los que nadie se hace responsable.

EL PAIS, 18-VII-2003

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