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Septiembre. Juan José Millás

Si en vez de calcular la edad en años la calculáramos en septiembres, nos daríamos cuenta del mértio que tiene ir saliendo adelante. Pregúntese cuántos septiembres tiene usted e intente evocar cada uno de ellos. Por alguna parte de su memoria debe estar aquel septiembre remoto en el que fue abandonado por mamá o papá (quizá por ambos) frente a las fauces de un monstruo al que llamaban colegio. Y el septiembre en el que usted, tras espectaculares mutaciones, entregó a su hijo al mismo monstruo. Medida en septiembres, la vida es una sucesión de estremecimientos, de desgarros. Los editores de fascículos ponen su maquinaria a cien durante estos días fatales porque saben que necesitamos colocar nuestro afecto en algo que nos garantice un mínimo de continuidad, sean cursos de inglés o colecciones de novelas románticas.

Semanas más tarde, al comprobar que somos capaces de sobrevivir a este mes inhóspito, abandonamos la colección de cajas chinas, el fascículo histórico y el propósito de ser buenos. Para entonces, la rutina ha construido una coraza que nos protege de la intemperie. Septiembre duele porque nos sorprende sin callo y con la ropa del verano, pese a que las mañanas tienen la temperatura del mármol. Combatimos esa desnudez con propósitos (a menudo, con despropósitos) e intenciones cuyo fin no es otro que el de ocultar el miedo. Hay estrenos de cine y novedades literarias que constribuyen a lanzar ese mensaje de que no pasa nada, nada. Y es verdad: superaremos este septiembre como los del resto de nuestra vida. En diciembre los niños ya no llorarán al quedarse en el cole, el abrigo nos protegerá del frío y habremos abandonado la descabellada idea de dejar de fumar o de aprender inglés.

A veces, las noticias de primera página acentúan el carácter desabrido de este mes. Mañana, cuando se cumpla otro aniversario del día en el que vimos saltar a la gente desde las ventanas de las Torres Gemelas, aún no habremos digerido el desastre de esa escuela rusa que inaguró el curso escolar con una lección magistral de espanto. No hay fascículo ni proyecto que alivie tanto desamparo, así que quizá no sea buena la idea de calcular la edad en septiembres.

EL PAIS, 10-IX-2004

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