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Quiero pertenecer al Estado. Juan José Millás

En Madrid acaban de abrir el primer tanatorio de capital totalmente privado, que se diferencia de los públicos en que tiene varias salas VIP. ¿Quién dijo que la muerte nos igualaba a todos? Si usted está acostumbrado a ir de un sitio a otro en primera clase, también podrá realizar este último viaje en Preferente, sólo que, en vez de un óbolo, tendrá que pagar tres o cuatro al barquero que le conduce a la otra orilla. El enterramiento ha sido considerado tradicionalmente entre nosotros como un servicio público. Se trataba de algo que había que hacer, fuera o no rentable, de ahí que el Estado lo mantuviera bajo su tutela, como la sanidad, la educación o la justicia (aunque cada día menos). A mí me gustaba que el Estado se hiciera cargo de los cuerpos sin vida porque los muertos pertenecen a la colectividad tanto o más que a la familia. Pero finalmente también la muerte ha sido víctima del proceso privatizador en curso. Hay gente que se pasa los días y las noches buscando cosas que no han entrado todavía en el mercado y acaban dando con ellas. La muerte tiene un precio.

Así las cosas, el óbito ha dejado de ser una desgracia para convertirse en un bien de consumo. Pasado el primer impacto producido por la pérdida de un ser querido, quedará el consuelo de poder escoger una sala mortuoria de dos, tres, cuatro o cinco estrellas. Dicen que el nuevo tanatorio de Madrid se ha alejado de la estética de los tradicionales y que se parece más a un hotel que a otra cosa. No me parece mal pasar el último día de estancia entre los vivos en un hotel, libre de los afectos de los muebles entre los que discurrió tu vida. Si algo me gusta de los hoteles es su asepsia. Nabokov pasó sus últimos años en un hotel. Si yo fuera millonario, haría lo mismo. Me hace daño la ternura que siento por el sofá de casa y por los sillones de orejas. Y no soporto ver un pelo en el lavabo, aunque sea mío. Creo que voy a empezar a ahorrar para pasar en una sala VIP la última noche de mi estancia entre los vivos. Que no falte de nada y que corra el formol como el champán. Luego, que me incineren y expandan disimuladamente mis cenizas por las dependencias del ministerio de Hacienda. Pese a todo lo dicho, prefiero pertenecer al Estado.

La opinión de Zamora, 14-IX-2004

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