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Promesas. Juan José Millás

Hemos inventado los notarios, los registradores de la propiedad, los contratos blindados, los depósitos a plazo fijo, los planes de pensiones, los seguros médicos, los de accidentes, el casco de motorista, la puerta blindada, la alarma antirrobo... Pero nadie nos quita la sospecha de que la seguridad sigue basada en pactos imaginarios enormemente frágiles. Si tu banco se va al carajo, por más papeles que hayas firmado con él, tú te vas al carajo. Sabemos que si tiramos una moneda al aire, enseguida regresa a nuestra mano porque llevamos siglos jugando a cara o cruz sin que una sola vez se haya quedado flotando. Esa regularidad no garantiza, sin embargo, que siempre sea así. A lo mejor un día no cae.

Por eso mismo, lo primero que hago cada mañana al salir de la cama es arrojar un euro al aire. Si vuelve a caer, comienzo el día suponiendo que también funcionarán la cafetera y la radio de la cocina, aunque sin olvidar que las leyes físicas más elementales pueden fallar. Voy, pongamos por caso, a hacer una gestión al Ministerio de Hacienda y pido la vez en una ventanilla dando por hecho, como es lógico, que la señorita que hay al otro lado, cuando llegue mi turno, me atenderá en castellano. Pero procuro estar preparado también para la posibilidad de que me atienda en sueco, o en suajili, incluso en esperanto, pues cosas más raras suceden.

Veamos el caso de las mujeres: suele decirse que el feminismo ya no tiene razón de ser, porque todas sus reivindicaciones se han cumplido. Pero observas la foto de los ministros de Finanzas reunidos la semana pasada en Portugal y cuesta más dar con una mujer que encontrar a Wally. Y eso que estaban todos juntos en la popa de un barco que debía de oler, por cierto, a rayos, pues la testosterona, en concentraciones muy altas, provoca un tufo insoportable. Por eso los periódicos de aquel día apestaban. Hemos tirado la moneda al aire, en fin, y no cae. Cierras los ojos, los abres, vuelves a mirar la foto de los ministros y continúa llena de tíos, lo que demuestra que no hay nada seguro, aunque unas cosas son más inestables que otras. La ley de la gravedad viene dando lo que promete desde que el mundo es mundo. Lástima que no sea un partido político.

EL PAIS, 21-IX-2007

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