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Priklopil. Juan José Millás

Ese momento en el que Wolfang Priklopil decide hacer un agujero en el suelo del garaje de su casa. Ese instante en el que quiebra la defensa de cemento y obtiene la primera palada de tierra. Ese cuidado con el que desvía las conducciones de agua, de gas, de luz, mientras se abre paso hacia lo más hondo de sí mismo... Quizá no sospecha que ha comenzado la construcción de un relato cuyo personaje principal acabaría siendo el secundario. Obsérvenle trabajar día y noche en la excavación de lo que venimos llamando erróneamente zulo, porque era la habitación de una casa de muñecas, con su camita, su cómoda, su lavabo, su espejo, su mesa para hacer los deberes... Cada detalle que añadía a esa estancia secreta, construida dentro de sí, era un nuevo capítulo de la novela.

Terminada la obra y consumado el secuestro, este hombre, cuyo apellido suena a fármaco contra el Parkinson, empezó a alternar dos vidas, una en la superficie de la realidad; la otra, debajo. Mucha gente lleva dos vidas separadas, pero en barrios distintos. Priklopil había aislado las suyas con materiales especiales. Podía comer con su madre en el salón, sobre la casa de muñecas en la que había instalado a una niña de verdad, sin que se escucharan sus gritos. A ratos, cuidaba del jardín y saludaba amablemente a los vecinos que pasaban por la calle. Luego se cambiaba de ropa, levantaba la trampilla de 150 kilos que separaba el universo de arriba del de abajo y descendía al fondo de su imaginación para jugar a las muñecas. Estuvo ocho años jugando a las muñecas, construyendo un cuento de terror cuyo argumento no daba más de sí. Quizá había empezado a sentir frente a su existencia el aburrimiento de un autor ante una novela podrida.

Mucha gente tiene dentro de sí una habitación secreta en la que suceden escenas que nos pondrían los pelos de punta. Es gente normal, como usted y como yo, que ayuda a las ancianas a cruzar la calle y come un día a la semana con sus padres. No sabemos de qué depende la decisión de trasladar esa habitación desde la conciencia al garaje, desde la fantasía a la realidad. Pero lo cierto es que en ese instante se rompe algo más que la capa de cemento del suelo.

EL PAIS, 15-IX-2006

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