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Prejuicios. Juan José Millás

A veces las ideas son como esos zapatos viejos que nos resistimos a tirar porque resultan comodísimos. O como ese sillón en el que dormimos la siesta desde hace veinte años y del que no estamos dispuestos a desprendernos de ninguna manera. Hay ideas que de tanto usarlas han adquirido ya la forma de nuestro cuerpo, que se acoplan a nuestras necesidades como un útero. Dentro de ellas no nos puede pasar nada, y por eso las defendemos a muerte. Lo malo es que, en la misma medida que nos protegen del entorno hostil, nos limitan. Por ello, hay que tener el valor de cambiar de zapatos, de desprenderse del sillón, de poner en cuestión las opiniones que utilizamos como un dogma fe para protegernos de la incertidumbre.

Personalemente, por ejemplo, siempre juzgué que Aznar mentía al mostrarse convencido de que Irak contaba con un arsenal de armas de destrucción masiva capaces de acabar con el planeta en 45 minutos. Por supuesto, no le concedí ningún crédito a las afirmaciones de que estábamos en Irak combatiendo a ETA, y en ningún momento se me pasó por la cabeza que en su fuero interno creyera de verdad que quienes nos habíamos manifestado en contra de la guerra estábamos deseando que nuestros soldados regresaran en féretros. Cada vez que la realidad desmentía sus afirmaciones y él tapaba ese desmentido con un disparate más grande que el anterior, yo pensaba, cómodamente instalado en mis prejuicios, en mi sillón, en mis zapatos, que sus palabras eran artificios retóricos para defender el deseo inconfesable de pasar a la historia con los pies colocados sobre la misma mesa de café de Bush.

¿Pero y si Aznar se hubiera creído todo lo que ha venido diciendo hasta ahora sobre la guerra de Irak?¿Y si estuviera convencido realmente de que volar los brazos y las piernas a un crio de ocho años constituye un acto heroico mientras que resistirse a un ejército invasor es una villanía?¿Y si en lo más profundo de su corazón pensara que nuestros soldados están dejando viudas y huérfanos por una causa distinta de la de su propia obcecación? El problema de quitarse los prejuicios y admitir las posibilades señaladas es que el Aznar resultante produce más miedo que el otro.

EL PAIS, 5-XII-2003

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