azul . verde . rojo . negro
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Pornografía. Juan José Millás

Encontré una uña en la habitación de un hotel en Barcelona. Me pareció, por el tamaño y el corte, que pertenecía al dedo meñique de una mujer, pues estaba pintada de un rojo muy intenso. Di con ella en el congelador de la nevera, al sacar un hielo para el güisqui. Dada su perfección, pensé que era postiza, y la guardé en el bolsillo como uno de esos fetiches que se acarician a escondidas. A veces, tratando de imaginar a su dueña, aparecía dentro de mi cabeza una mujer sofisticada que iba abandonando por los hoteles uñas, mechones de pelo, quizá también ojos de cristal. De vez en cuando sacaba la uña del bolsillo y la observaba largamente. Me gustaba fantasear que era de verdad, aunque ello me creaba algún dilema, pues las uñas de verdad no se caen solas.

Un día, al ir a pagar el café, apareció la uña entre las monedas, y mi mujer preguntó qué rayos era aquello. No sé, dije, déjame ver. Cómo que te deje ver, replicó ella, es una uña postiza, ya me dirás de quién. Le conté entonces la verdad, que me la había encontrado en la nevera de un hotel, y ella dijo que qué casualidad, porque parecía la misma que le había desaparecido de una de sus colecciones. La más cara, pues era de porcelana. Comprendí que creía que se la había robado yo, pero no encontré el modo de defenderme y quedé como un perverso, o como un idiota. Ella se guardó la uña y no volvimos a hablar de un asunto que me dejaba en tan mal lugar.

A los pocos días volví a Barcelona, y en el hotel me dieron por casualidad la misma habitación. Estuve trabajando todo el día y por la noche, antes de meterme en la cama, al ir a prepararme un güisqui, vi brillar algo al fondo del congelador. Era otra uña, de la misma calidad, pero esta vez del dedo pulgar. Tras observarla detenidamente, preferí dejarla en su sitio y hacer como que no la había visto. En esto sonó el teléfono. Era mi mujer preguntándome por la uña del pulgar que acababa de echar en falta. ¿No me la habrás cogido tú también?, preguntó. Iba a decirle que no, pero las evidencias me hicieron dudar y contesté que sí, que la tenía en el congelador de la nevera de la habitación. Se hizo un silencio y colgó. Yo encendí la tele y me dormí viendo una peli pornográfica.

EL PAIS, 23-III-2007

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