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Por un ojo. Juan José Millás

Las elecciones han dado fin a muchas cosas; entre ellas, al cuento de hadas protagonizado por Ana Botella. Al modo en que los españoles se vieron obligados a regalar a Franco el Pazo de Meirás, Gallardón organizó una trama para que los madrileños obsequiáramos a Botella con la alcaldía y su coche oficial, su sueldo, sus dietas, sus guardaespaldas, y un despacho de lujo en un castillo de ensueño. Un reino, si tenemos en cuenta que la Plaza de la Cibeles, desde el antiguo Palacio de Comunicaciones, parece un pequeño país de cuento de hadas. Observen, pues, a la alcaldesa asomada a la ventana de su despacho: acaba de llegar, como siempre, de la peluquería y antes de sentarse a la mesa para subir el IBI contempla el edificio del Banco de España, el Palacio de Linares, los jardines del Cuartel General del Ejército, el Paseo de la Castellana… Asombrada de la posición que ha alcanzado sin otro mérito conocido que el de ser la esposa del jefe, quizá le vengan también a la memoria las dulces vísperas de la boda de su hija, en El Escorial, bajo la perpleja mirada de Felipe II. Todo le está permitido: si quiere hablar inglés, abre la boca y habla inglés; si le viene en gana recortar servicios, los recorta; si le apetece marcharse a Portugal, aunque la ciudad entera esté de luto, se marcha a Portugal. No sería raro que ante el magnífico paisaje que se despliega ante su vista, aparezca otro en su imaginación: el de que el pueblo refrende lo que el poder absoluto del PP ha llevado a cabo por decreto. Ignoramos cuánto tiempo acarició está idea, cuantas noches soñó que los votantes la querían. Ignoramos también quién le hizo la caridad de desengañarla. Todos los cuentos se terminan, pero algunos nos salen por un ojo de la cara. Seguir leyendo.

EL PAIS, 29-V-2015

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