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Penes. Juan José Millás

Parece que Bush se ha hecho con la pistola de Sadam Husein y que se la enseña, henchido de satisfacción, a todo el mundo. Dada la hablidad demostrada por este hombre en el manejo de las galletas, los paraguas y las bicicletas, alguien debería decirle que las carga el diablo y, de paso, explicarle que la pistola es un símbolo fálico. A ver si se entera de que ese objeto que tantas satisfacciones le produce es una representación del pene de su enemigo. No digo que se lo devuelva, pero como los penes también los carga el diablo, lo mejor que podía hacer es entregárselo a los jueces del caso y santas pascua. Si alguien no frena a este dirigente mundial, acabará comiéndose a bocados el hígado o el corazón de sus contrarios (una práctica guerrera obsoleta, al menos en nuestro entorno cultural) en un programa basura de la tele.

Imagina uno a Bush despertándose a media noche para abrir el cajón de la mesilla y tomar entre sus manos trémulas la pistola de Sadam. Quizá haya tenido la tentación de dispararla para comprobar si proporciona el mismo placer sexual que el lanzamiento de un misil. Una pistola mata menos, pero es más manejable. Cabe en la palma de la mano, y puedes controlar el momento de la eyacuación. Los misiles proporcionan un orgasmo brutal, sí, pero exigen la participación de demasiada gente y al final no sabes si te has corrido tú o Blair. Precisamente, la eyacuación precoz tiene mucho que ver con la falta de control característica de las armas grandes. Tal vez, en esas noche de insomnio Bush ha envidiado la delicadeza venérea de la pistola frente a la ferocidad del B-52.

El caso es que, según dicen las crónicas, lejos de sentir vergüenza por manosear en público la pistola de Sadam, parece que le alegra la vida. Los caminos del sexo son inextricables. No hay dos personas que alcancen la satisfacción del mismo modo. Nos preguntamos si, cuando Bush juega con el arma de su enemigo, contempla al mismo tiempo ese prono duro que sus soldados le hacen llegar desde Irak que democratizan a punta de látigo. De ser así, no nos engañemos, el origen de esta guerra no son los principios morales, ni siquiera el petróleo: es la impotencia sexual.

EL PAIS, 4-VI-2004

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