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Otra ronda. Juan José Millás

Antiguamente las conversiones religiosas tenían un prestigio extraordinario. Se miraba a los conversos con tanta admiración que le daban a uno ganas de convertirse también. El problema es que es muy difícil convertirse en lo que ya se es, y nosotros éramos católicos, la religión verdadera por antonomasia (qué rayos querrá decir antonomasia). Emigrar a otras religiones, además de ser pecado mortal, no reportaba ningún beneficio de imagen. Contra lo que muchos creen, lo que los alquimistas perseguían no era la sustancia capaz de convertirlo todo en oro, sino de convertir las cosas en lo que son, aunque parezca un sinsentido. Imagínense, si no, a un guardia civil convertido en guardia civil, a un arzobispo convertido en arzobispo, a un escritor convertido en escritor, incluso a un gusano convertido en gusano. El resultado, fantástico a todas luces, sería un guardia civil hiperrealista, un arzobispo brutal (en el mejor sentido), un escritor de los pies a la cabeza, y un gusano elegans.

Pero no se ha dado con la fórmula capaz de convertir a las cosas en lo que son. Por eso mismo, resulta imposible convertirse al catolicismo siendo ya católico. Y ése es el drama de la Conferencia Episcopal, que, al tratarse de una institución profundamente cristiana, no encuentra el modo de imitar a Cristo. Pero eso se ha acabado. Ahora ya no hay religiones verdaderas, lo que quiere decir que puedes convertirte y reconvertirte a tu gusto en las que quieras. Ahí tienen el caso de Nicole Kidman, que tras haber veraneado unos años en la Cienciología vuelve ahora al catolicismo, del que era originaria, sin que le pongan problemas de ningún tipo ni en la religión de la que huye ni en la que abraza. Como si dentro de dos años le apetece incurrir en el budismo o en la Cábala.

Las religiones son como estaciones de metro. Yo me bajo en hinduismo, ¿y usted? El término conversión sólo se utiliza ya para el cambio de moneda. Y tiene su mérito que un dólar se convierta al euro, que es un recién llegado, con lo que de religión verdadera tuvo siempre el dólar. A veces, en la conversión se ganan unos céntimos. Antiguamente se ganaba el cielo. Todo va a menos. Por eso uno admira tanto las monedas no convertibles. Otra ronda, que es el cumple de éste.

EL PAIS, 23-VI-2006

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