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Odio. Juan José Millás

Llevaba varios meses en una lista de espera de la Seguridad Social para que me atendiera un psicólogo, cuando hete aquí que me detuvo en un control rutinario de carretera una pareja de la Guardia Civil que me hizo un reconocimiento gratuito. "Usted tiene tendencias maniaco-depresivas", aseguró uno mirándome a los ojos. "Pues sí", confesé, "sobre todo en determinados momentos históricos, y me ha pillado usted en uno de ellos". "Y padece ataques de pánico", dijo. "Todo el rato", le aseguré. Mientras le exponía mis conflictos tumbado en un diván plegable que habían sacado de algún sitio, su compañero me tomaba la tensión con idéntica profesionalidad. Se ve que uno de los guardias civiles estaba especilizado en los males del alama y el otro en los del cuerpo.

Entretanto, se detuvo junto a nosotros un policía de paisano para comprobar que todo estaba en orden y me preguntó si odiaba a la antiespaña representada por el pueblo catalán. Le aseguré que tanto como Zaplana o más y que en mi opinión debería hacerse una ley específica, no ya para meter en la cárcel a Maragall, sino para evitar la situación intolerable de aquella región, donde unos desharrapados, aprovechándose de los puntos débiles de la democracia, han arrebatado el poder a sus ligítimos dueños. Añadí que de no ser porque estaba demasiado cerca del escándalo de la Asamblea de Madrid y podríamos levantar sospechas, yo sería partidario de efecturar una operación de compraventa como la que ha llevado a Esperanza Aguirre al poder en esa comunidad autónoma.

El guardia civil experto en los males del alma y el policia secreta, que luego resultó ser un agente del CNI, intentaban hacerme caer en contradicciones, pues hay personas que fingen odiar a los catalanes para conseguir subvenciones o premios literarios, pero yo creo que no me cogieron en ningún renuncio importante. Al final, haciendo uso de la extraordinaria habilidad de la Benemérita para calificar la situación psicológica y el estado físico de los automovilistas, decidieron que podía continuar conduciendo, pero me dieron una receta que luego, leída con atención por mi farmacéutica de guardia, resultó ser una multa de tráfico.

EL PAIS, 19-XII-2003

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