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Normalidad. Juan José Millás

Resulta comprensible la alegría con que en la India se ha recibido el éxito de Slumdog millionaire. Parte de la gloria de ese relato tan perverso como ingenuo les pertenece. Parte de la moraleja también. Suyos son los paisajes y la música y los actores; suya es en gran medida la emoción que ha logrado transmitir a millones de espectadores de todo el mundo. Pero la película empieza con un individuo que está siendo torturado minuciosamente en los sótanos de una comisaría de Bombay y al que no ahorran ninguno de los sufrimientos que todas las dictaduras, y algunas democracias, infligen a sus víctimas. Lo cuelgan, lo ahogan, le meten la cabeza en un retrete, le aplican descargas eléctricas... Por si fuera poco, el individuo ha sido detenido de forma irregular. En realidad, ha sido secuestrado por orden del director de un concurso televisivo. El espectador recibe esa información como normal. Del mismo modo que en el Chile de Pinochet te podían arrojar al mar desde un avión o en la Norteamérica de Bush te podían trasladar a una cárcel secreta, en la India actual -según Slumdog millionaire- puedes ser raptado por la policía en medio de la calle y desaparecer. ¿No ha visto nadie esa parte de la película? ¿Han telefoneado los periodistas que cubrían la gala de los Oscar a los embajadores de la India en sus respectivos países para que confirmen o desmientan la veracidad de tal información? ¿Ha habido alguna protesta diplomática por parte de las autoridades de aquel país? ¿El Oscar se ha entregado a lo que la película tiene de denuncia de la tortura o a lo que tiene de exaltación de la pobreza? ¿Ha exigido el Gobierno indio alguna rectificación? Por lo visto, las autoridades se han limitado a retirar temporalmente de la miseria a los niños actores. Queda por saber si han liberado a la gente secuestrada en las comisarías.

EL PAIS, 27-II-2009

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