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Niño del tiempo. Juan José Millás

Debido a un desarreglo producido entre los conductos de mi oído y mi olfato, empecé a oír por la nariz y a oler por las orejas, lo que me obligaba a adoptar posturas poco usuales para escuchar la tele u oler la sopa. Resultaba incómodo, además de obligarme a dar explicaciones inverosímiles a todo el mundo. Más tarde, los sonidos que captaba con la nariz comenzaron a oler y los olores que captaba con las orejas comenzaron a sonar. Leí en Internet que el culpable del síndrome solía ser un pequeño tumor, fácil de extirpar y de carácter generalmente benigno, establecido en el lóbulo frontal del cerebro.

Acudí al otorrino, en cuya sala de espera había un niño de no más de tres años prediciendo al público el tiempo de los próximos días. Trabajaba con la seriedad de un meteorólogo común, señalando en un mapa imaginario las isobaras y las bajas presiones. Al notar mi asombro, la madre, sonriendo, me dijo al oído, aunque yo lo escuché por la nariz, que le había salido un niño del tiempo. La expresión “niño del tiempo”, en las fosas nasales, sonó muy amenazadora, como si hubiera dicho ginecólogo infantil o pequeño proctólogo.

El crío tenía asma, de modo que a veces se detenía a respirar con un silbido angustioso que, al llegarme a través de las narices, sonaba en mi cabeza como si fuese mío. Era un silbido que olía a cola cao y caramelo de eucalipto. Por decir algo, pregunté a la madre por qué, siendo tan pequeño, no lo llevaba al pediatra y me dijo que porque era superdotado. Con esa lógica, pensé, pronto tendría que llevarlo al geriatra. El niño del tiempo sacó entonces el ventolín del bolsillo, se lo aplicó en la garganta, como usted y yo nos aplicamos el desodorante en las axilas, y dijo aquello de “cielos parcialmente nubosos con posibilidad de chubascos”. Pensé que fuera de la enfermedad no hay salvación.

EL PAIS, 28-IV-2013

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