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Nieve. Juan José Millás

Un día, de pequeño, me desperté en medio de la noche y me asomé a la ventana. La calle estaba nevada. Enfrente de mi casa había una fuente pública, de granito. Me fijé en las formas que la nieve había adoptado en cada una de sus partes y no se me escapó la perfección con que los copos habían cubierto unas, dejando al aire libre otras. El conjunto tenía algo de pintura, como si un artista hubiera pasado su pincel por aquel trozo del paisaje urbano al que daba mi dormitorio. Un gato dejó unas huellas diminutas sobre la superficie blanca de la acera. La calle, pese a la hora, resplandecía. Parte de aquel fulgor se colaba en la habitación. Estuve así, embobado frente al espectáculo, varios minutos, limpiando con la manga de la chaqueta del pijama, cada poco, el cristal, que se empañaba con mi aliento. Finalmente el frío me hizo volver a la cama.

Pese a la excitación, volví a dormirme enseguida, agradecido por el privilegio de haber visto la nevada unas horas antes que los demás. En el desayuno, cuando todos pronunciaran frases de asombro, yo contaría mi experiencia nocturna. O quizá no: me acusarían de mentir. Tenía pocos años, pero había aprendido que no es bueno mostrar determinadas singularidades en público. Me guardaría aquella experiencia para mí solo, pues. No necesitaba compartirla para que me hiciera feliz. Estaba, por otra parte, habituado al secreto. Se empieza a escribir porque se tiene un secreto que sólo la página en blanco escucha sin juzgar, sin censurar, sin rechazar.

El caso es que al día siguiente, cuando me desperté, fui corriendo a la ventana y no había nieve. Quiero decir que no había nevado. Ustedes dirán que fue un sueño, pero no, no fue un sueño. Sé que estaba despierto cuando lo vi. Fue una de tantas cosas inexplicables que nos pasan a lo largo de la vida y que olvidamos, o negamos, para no complicárnosla. El caso es que de todas formas tuve que guardar el secreto. Y no se lo había desvelado a nadie hasta hoy que, al levantarme, he visto la calle nevada una vez más. Por fortuna, no la he visto yo solo: también el quiosquero y el panadero y el vecino estaban de acuerdo en que había nevado.

La Opinión de Zamora, 28-II-2006

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