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Nichos. Juan José Millás

Habíamos acudido al cementerio para enterrar a un amigo, lógicamente muerto. Tras escuchar unas palabras de despedida improvisadas por el hijo mayor, los funcionarios alzaron el ataúd para introducirlo en el nicho. Hubo un movimiento de estupor general al comprobar que no cabía. La sepultura era más pequeña que el féretro. Los enterradores bajaron de nuevo la caja y la depositaron en el suelo, sin saber qué hacer. Alguien retiró delicadamente a la viuda mientras se trataba de alcanzar una solución. Como el nicho de la izquierda estaba vacío, el hijo mayor pidió a los enterradores que retiraran el frágil tabique de separación, pues había decidido comprarlo para ampliar el espacio dedicado a su padre. Los enterradores dijeron que las cosas no se hacían así. Aunque el nicho apareciera vacío, podía estar reservado, o vendido.

Mientras el grupo de deudos más cercano negociaba, los demás iniciamos una conversación absurda. Así, un compañero de trabajo del muerto comparó la situación de los nichos con la de las viviendas, cada vez eran más pequeñas y más caras. Alguien, por analogía, se refirió a la "burbuja funeraria" augurando que el día menos pensado nos levantaríamos y las tumbas estarían por los suelos. "Como ocurrió en Japón", añadió. Un tipo con bigote afirmó que no le cabía en la cabeza la idea de que un ataúd no cupiera en un nicho. "Es que las ideas vienen también más grandes que las cabezas", señalé yo por decir algo. El ambiente, en fin, empezaba a aflojarse.

Al poco llegó el director comercial. Jamás se me habría ocurrido que los cementerios tuvieran directores comerciales. Jefes de departamento y de división, sí, incluso jefes de operaciones, pero directores comerciales... ¿En qué podría consistir una buena política comercial funeraria? ¿Necesita ese mercado más estímulos de los que ya recibe? El director comercial confirmó que el nicho, aunque vacío, estaba vendido. "Se lo han quitado de las manos por los pelos", añadió, "la operación se cerró ayer". Finalmente, la familia, con gran disgusto por parte de la viuda, tuvo que adquirir un ataúd más pequeño. Pero no les han devuelto el dinero del grande. Y no saben qué hacer con él.

EL PAIS, 30-VI-2006

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