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Misterio. Juan José Millás

Me echaron del último bar a las seis de la mañana, pero no me veía con ánimos de conducir. Encendí un cigarrillo como el que se toma un consomé, para templar el cuerpo, y anduve un rato a la deriva. No había taxis o yo no era capaz de verlos. En esto, pasé por delante de una iglesia cuya puerta empujé y cedió. Tenía una nave central y dos laterales. En las laterales había pequeñas capillas consagradas a santos o vírgenes de escayola que me intimidaron ligeramente. Encendí una vela a san Aurelio porque mi padre se llamaba así, y otra a la Virgen de los Remedios, por mamá. Estaba arrepentido de mi vida, como siempre a esas horas, y lloré un poco delante de san Cipriano. Unas lágrimas burocráticas, de trámite.

En esto, vi un confesionario con una puerta central y dos ventanillas laterales. Tenía sobre el asiento un cojín rojo muy blando, como de plumas. Parecía un hogar, de modo que entré, me senté, apoyé la cabeza en una de las paredes y me quedé dormido. Pasó un tiempo indeterminado antes de que me despertara la voz de una mujer que me hablaba desde la ventanilla derecha. Decía que había deseado mil veces la muerte de su marido, pero que ahora que había muerto se sentía sola y estúpida, además de culpable. Veía mucho la televisión, a veces programas sucios, indecentes, incluso había llegado a asomarse a una película pornográfica. Quería consejo y perdón. Le dije que los maridos se mueren con independencia o no de que se desee su muerte. Se mueren más maridos que esposas, añadí absurdamente antes de darle la absolución.

Tras esta rara experiencia, abandoné el confesionario y salí a la calle. Había amanecido; el tráfico comenzaba a desperezarse. Miré el reloj y calculé que no me daría tiempo a pasar por casa antes de ir al trabajo. Algunos días iba directamente del bar a la oficina, así era mi vida. Comprendí que algo se había roto aquella madrugada, pero no sabía qué. De hecho, hice lo de todos los días y por la noche volví a incurrir en los bares. Al amanecer regresé a la iglesia y ocupé el confesionario. Al poco, se asomó por la ventanilla de la derecha la mujer del día anterior y comenzó a hablar. Entonces me pareció que lo que se había roto comenzaba a arreglarse de forma misteriosa.

EL PAIS, 03-XI-2006

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