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Milagros. Juan José Millás

Un chico y una chica, en la mesa de al lado, discutían acaloradamente. ÿl decía que la vida era una mierda y ella que no, que era un milagro. "Tú mismo", añadía, "eres la demostración de ese milagro". "Y tú", respondía él, "la de esa mierda". Al principio, pensé que eran hermanos. Quizá hermanos de la misma madre y de distinto padre, pues en algún momento aludieron a los apellidos como una fuente de conflicto. Pero no: habían sido novios y ahora se repartían el ajuar verbal acumulado a lo largo de los últimos años. Yo estaba alternativamente de acuerdo con uno o con otro, pues ambos defendían muy bien sus posiciones. A ratos, me daban ganas de decirles que los dos llevaban razón. No os peleéis, muchachos, las dos cosas son verdad y mentira a la vez. Intuí que a ella le habría gustado escuchar que eran verdad, y a él, que eran mentira.

Como si me hubieran oído, empezaron a cambiar los papeles. La joven, con expresión de derrota, dijo: "Me rindo, la vida es una mierda, sí, y tú eres el ejemplo palpable". El chico recibió sus palabras como un golpe en el hígado. Perdió el color, se quedó mudo, y enseguida imploró: "No digas eso, por favor; si tú dices eso, me hundo. Necesito que creas que la vida es un milagro. De hecho, lo es. No hay más que estar un rato contigo para darse cuenta. Cómo he podido ser tan burro. Repíteme que la vida es un milagro, por favor, repítemelo". La chica se resistió, pero finalmente volvió a sus posiciones iniciales, lo que permitió al joven regresar poco a poco a las suyas. Estuvieron media hora cambiando de lugar.

De súbito, ella abandonó la cuestión de la vida. Dijo que, últimamente, en el coche, cuando quería girar a la derecha giraba a la izquierda. "Un día voy a tener un accidente", añadió. "Pues no conduzcas", respondió él. "Lo haría", replicó ella, "pero es que cuando no quiero conducir conduzco". El muchacho volvió a quedarse pálido. No soportaba ninguna debilidad en su novia. Las quería todas para él. Quizá por eso estaban a punto de romper. Al llegar a casa, telefoneé a un médico amigo y le comenté, preocupado, el síntoma de la chica. Temí que fuera un tumor cerebral, pero me dijo que no y sentí un alivio inexplicable. La vida es un milagro.

EL PAIS, 10-III-2006

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