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Mezclas. Juan José Millás

El primer invento del hombre es el tabique. Viene impuesto por la necesidad de separar el dentro del afuera, lo crudo de lo cocido, la muerte de la vida. Por la conveniencia de distinguir la dicha del dolor, la cordura de la enajenación, el calor del frío. Por el deber de discriminar al policía del delincuente, al verdugo del reo, al juez del legislador. Por el impulso de diferenciar al secretario del subsecretario, al pobre del rico, al mamífero del ovíparo, al vertebrado del invertebrado, al pez del ave. Por el miedo de confundir el día con la noche, la muerte con la vida, los laborables con los festivos, el territorio con el mapa, la gimnasia con la magnesia. También por el gusto de aislar la novela del ensayo, la poesía del teatro, la comedia del drama. Y así sucesivamente, para eso están los tabiques.

Pero no siempre funcionan. El otro día, en EE UU, un tipo del siglo XXI, asesinó a cinco niñas del XIX. Su mujer declaró que era un padre "excepcional". De hecho, acababa de despedir a sus hijos con un beso en el autobús del cole. ¿Dónde estaban los tabiques que debían separar un siglo de otro? ¿Dónde los encargados de discriminar la locura de la razón? ¿Por qué esta confusa mezcla de besos y tiros? Y ahí está el caso de Francisco Anguas, el policía de Salvador Puig Antich, un hombre al que le gustaba Truffaut, pero que también se deleitaba torturando, dos cosas que deberían ser incompatibles. ¿Por qué no había un tabique capaz de impedir que un tipo con sensibilidad artística, amante del cine y la literatura, perteneciera también a la Brigada Política Social?

En el Consejo General del Poder Judicial hay un individuo para el que la unión entre dos homosexuales es lo mismo que el ayuntamiento entre un hombre y un animal (no dijo, sin duda para no delatarse, en qué animal estaba pensando). En principio, cabría atribuir a este señor un grado de cultura ajustado a sus estudios, pero la ignorancia y la sabiduría, como la oligofrenia y el talento, se cruzan a veces dentro de la misma cabeza, sin que haya tabique capaz de separarlos. Subes a un roedor a un rascacielos y continúa viendo el mundo desde la perspectiva de una rata. Hemos inventado el tabique, sí, pero lo hemos inventado mal porque separa poco.

EL PAIS, 06-X-2006

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