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Mentiras. Juan José Millás

Cuando su cuerpo de usted necesita unas lentejas, unos zapatos o un pisito, es el mercado el que decide si se cubre o no esa necesidad. No es raro que el precio de alguna de estas cosas, o de todas ellas juntas, resulte excesivo para sus posibilidades. Entonces usted se joroba o se muere y santas pascuas. Sin embargo, cuando un autor y una cadena de televisión no se ponen de acuerdo en el precio de una teleserie, en lugar de decidirlo el mercado, lo decide una comisión gubernamental. Eso pretende al menos la nueva Ley de Propiedad Intelectual. Uno piensa que al Gobierno debería preocuparle el precio de los productos esenciales, porque la Constitución no dice que tengamos derecho a una teleserie, aunque sí a una vivienda digna. Pues no hay forma de que lo entienda.

El disparate metaforiza a la perfección el mundo en el que vivimos. Todo está montado para que la parte débil siga siendo la parte débil. Así las cosas, habría que pensar en prohibir a los niños la lectura de la Constitución para que no se hagan falsas esperanzas acerca de sus derechos. En cuanto a la tele, si algún autor imaginaba que podría vender sus guiones a un precio de mercado acorde con el de la vivienda o la merluza, está muy equivocado. En el momento en el que se ponga rebelde, aparece la comisión gubernamental e impone el precio que no se atreve a imponer para los productos de primerísima necesidad. Somos liberales en lo esencial e intervencionistas en lo accesorio. Muy pronto, el mercado decidirá si usted puede o no curarse la faringitis, pero la Seguridad Social le garantizará el acceso a la teleserie de moda.

No respiro por la herida, pues ni trabajo para la televisión ni defiendo con especial ardor la propiedad privada de los productos que salen de la cabeza. Es más, creo que en un mundo como Dios manda la escritura sería un servicio público, y los escritores, funcionarios al servicio de la comunidad. Ni siquiera firmaríamos nuestros libros. De hecho, la Constitución no tiene firma ni sabemos de nadie que cobre derechos de autor por los ejemplares vendidos. Es cierto que cada vez se lee menos, pero ello se debe a que, al contrario de Madame Bovary o el Quijote, promete cosas que no da.

EL PAIS, 2-V-2003

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