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Mano dura. Juan José Millás

Me pregunto si después de incluir en los paquetes de tabaco escenas mortuorias que induzcan, si no al arrepentimiento, al pánico, no se debería obligar a los estanqueros a trabajar en la clandestinidad. Resulta ilógico que individuos responsables de tanto dolor circulen por la calle como usted y como yo. Proponemos que el Ministerio del Interior los provea de identidades falsas para que si alguien tuviera la desgracia de que en la casa de al lado a la suya se instalara una familia de estanqueros, no se devaluara el precio de su piso. De otro modo, con qué clase de argumentos justificaríamos ante nuestros hijos el hecho de no romper la cara a estos sujetos al cruzarnos con ellos en el portal, en la escalera o en el ascensor.

Quede claro, en fin, que no tenemos ninguna simpatía por los estanqueros, ni siquiera por las estanqueras, pero quizá deberíamos preservar a su prole de las agresiones de las que podrían ser víctimas en el patio del colegio, cuando los demás niños averiguaran la profesión de sus padres. Debe ser horrible crecer con el estigma de "hijo de estanquero", sabiendo que esa ropa que vistes, esos lápices que guardas en la cartera o esos espaguetis que te llevas a la boca son el fruto de miles de pulmones echados a perder. ¿Con qué cara miraría un niño que se hubiera quedado huérfano por culpa del tabaco a un compañero cuya familia viviera de este negocio infame? En ese sentido, quizá lo más sensato sería que incluso los hijos de los estanqueros desconocieran la verdadera profesión de sus padres, al menos hasta la mayoría de edad. Llegado el momento de informarles sobre sus orígenes, dispondrían de asistencia psicológica para evitar suicidios.

En cuanto a los establecimientos dispensadores de tabaco, no deberían exhibir alegremente toda esa mercancía mortal, tan atractiva para la gente joven, sino permanecer ocultos tras la apariencia de empresas normales, tipo prostíbulos o agencias de noticias, aunque con alguna marca que indicara a los asquerosos de los fumadores su verdadera actividad. No preconizamos, pues, la ilegalización del tabaco, pero pedimos a las autoridades sanitarias que sean menos tímidas a la hora de regular su consumo.

EL PAIS, 19-IX-2003

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