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Lo que no se ve. Juan José Millás

Ese incendio subterráneo de la Tablas de Daimiel da que pensar. Y que imaginar. Resulta que los intestinos del humedal arden sin prisa, pero sin pausa, provocando daños irreversibles en el ecosistema, desde hace una temporada. Se trata de una combustión lenta, oscura, lóbrega, sombría, semejante a la que se da en algunas conciencias. Está usted, por ejemplo, hablando con su jefe, cuyo aspecto es inmejorable, y resulta que mientras le da instrucciones para esto o para lo otro, el hombre está quemándose por dentro y ni él mismo se ha dado cuenta todavía. Quizá usted arda al mismo tiempo que él, y sin advertirlo también. Estamos hechos (como las zonas pantanosas) de túneles sombríos sobre los que se asienta el tacto, el olfato, la mirada, el gusto, el aspecto exterior. Va usted al gimnasio, se fija en ese cuerpo glorioso que corre sobre la cinta como un ciervo, y a lo mejor resulta que huye de un incendio que lleva en el vientre.

Lo que arde en el subsuelo de las Tablas es la turba, palabra que además de ser en sí misma inquietante, sirve para designar, según el diccionario, al "combustible fósil formado de residuos vegetales acumulados en sitios pantanosos, de color pardo oscuro, aspecto terroso y poco peso y que al arder produce un humo denso". Así son también los residuos de la conciencia, los detritus del sueño, las cenizas del inconsciente. Disponemos de magníficas cremas para el cutis, de magníficos champús para el pelo, de refrescantes colirios para los ojos, pero la turba se acumula en los túneles orgánicos e inorgánicos sobre los que se levanta nuestra identidad. Tarde o temprano arde y nos sale humo por las narices.

Mal asunto el de las Tablas de Daimiel. Según los responsables del Parque Nacional, los daños son ya irreversibles y las soluciones para sofocar el incendio, al que se ha dejado crecer irresponsablemente, demasiado caras. Se pregunta uno de dónde obtiene la turba el oxígeno preciso para que se produzca la combustión. Quizá a través de grietas del terreno que funcionan a modo de chimeneas. El caso es que tras leer la noticia se va uno a la cama con complejo de humedal, pues algo nos hace intuir que los seres humanos ardemos por debajo desde el principio de los tiempos.

La Opinión de Málaga, 16-X-2009

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