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Lo bueno y lo malo. Juan José Millás

ÿrase un autor que llevaba diez años sin escribir. Pese a ello, los periódicos se acordaban de vez en cuando de él y le proponían entrevistas. "¿Para cuándo su próxima novela?", le preguntaban indefectiblemente. "No lo sé", mentía, "llevo todos estos años trabajando en una historia muy complicada". A veces, tenía la tentación de asegurar que estaba escribiendo una obra maestra, pero se contenía por miedo a levantar unas expectativas indeseables. Si por fin escribiera y publicara algo, algunos críticos intentarían demostrar que se trataba de una basura por el simple afán de disentir. Se le ocurrió entonces la posibilidad de declarar que estaba escribiendo una novela muy mala, la peor del mundo. Tal vez entonces, también por llevarle la contraria, la calificaran de obra maestra.

¿Y por qué no escribir una novela mala, pero de una maldad no convencional?, se preguntó ¿Resultaría posible perpetrarla sin recurrir a ninguno de los estereotipos de la maldad literaria? Llevaba años preguntándose tal cosa, harto de una carrera llena de éxitos convencionales logrados con obras convencionalmente buenas. Conocía las convenciones sobre lo bueno. Sabía cómo escribir una novela buena tópica, pero no una novela mala original. Una novela horrible, pero insólita, si fuera verdad que los extremos se tocan, sería en el fondo una novela buena.

¿Se plantearía la sociedad literaria a todas estas complejidades si declarara públicamente que llevaba diez años trabajando en una mala novela? "Novelas malas hay muchas", le dirían, "para qué queremos una más". "La mía", respondería él, "rompe todas las convenciones del género malo; se trata de una novela mala genial". Imaginaba la cara de los críticos, de los lectores, de sus padres, de sus hijos... Dirían de él que estaba acabado, que se había vuelto loco. En realidad llevaba diez años ocioso, sin hacer nada. Le había abandonado el deseo de escribir quizá porque no le había costado demasiado triunfar. Ahora quería fracasar, pero fracasar con éxito, porque sólo eso le devolvería la pasión por la vida. Esa misma tarde se puso a escribir una novela genial, pero volvió a salirle una obra maestra convencional, así que se tomó un somnífero y se metió en la cama.

La Opinión de Zamora, 22-III-2006

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