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Libertad. Juan José Millás

Los gobiernos de izquierdas cometen errores gravísimos de comunicación. A veces, transmiten las noticias buenas de tal modo que parecen malas. Resulta increíble que perpetren fallos tan elementales con los medios de que disponen. Es evidente que la legalización de los matrimonios entre homosexuales otorga a unas minorias tradicionalmente perseguidas los mismos derechos civiles que al resto de la población. Todos deberíamos alegrarnos de ello, pues beneficiará a la convivencia. Pero se ha explicado tan mal que los obispos han interpretado que estos matrimonios serán obligatorios y que quizá ellos, una vez la ley entre en vigor, estarán obligados a casarse con sus párrocos. Cuando se legalizaron los anticonceptivos, también se les hizo creer erróneamente que tendrían que consumirlos a la fuerza, de ahí su oposición.

¿Es tan difícil explicar que nadie será obligado a contraer matrimonio si no quiere? Los obispos podrán continuar siendo solteros, aunque, si por una de esas cosas de la vida, un día decidieran pasar por el juzgado, se les atendería. Es decir, que uno podrá hacer lo que quiera sin molestar al vecino y sin que otros se vean obligados a seguir su ejemplo. Si a simple vista es así de fantástico, ¿por qué estos señores se han enfadado tanto? Pues porque se les ha expuesto el asunto de manera farragosa. Para entendernos: la diferencia respecto a la época en la que gobernaban ustedes, monseñores, es que entonces era obligatorio casarse por la Iglesia, a la que se concedió también el monopolio de las disoluciones matrimoniales, que cobraban, por cierto, a precio de oro.

Y, hablando de disoluciones matrimoniales, cuando se legalizó el divorcio, que redujo notablemente la actividad extorsionadora del tribunal eclesiástico de La Rota, los obispos pusieron el grito en el cielo una vez más no porque estuvieran en contra de la libertad, que han defendido siempre con uñas y báculos, sino porque interpretaron que sería obligatorio. Se les explicó fatal. Con el tiempo, han comprendido que se trata de un acto voluntario y lo aceptan con la naturalidad con la que lo han aceptado en el caso de Letizia Ortiz. Señores ministros, hagan el favor de expresarse con claridad

EL PAIS, 1-X-2004

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