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Las horas. Juan José Millás

Hay formas y formas de comprender el mundo. Siempre tenemos la impresión de que los otros se acercan mejor a él que uno. Leo con asombro que sube el precio de la trucha y baja el de las judías verdes. Jamás la trucha ha formado parte de mis preocupaciones existenciales. Sabía que estaba ahí, que era un animal de río, que le gustaban las aguas frías y cristalinas (me revienta escribir "cristalinas", pero los sinónimos no son mejores); sabía en fin que hay gente aficionada a pescarla, pero nunca imaginé que un pez tan escurridizo llegara a los titulares de los periódicos. Pues ahí está. Sube el precio de la trucha y baja el de las judías verdes.

Las judías verdes me resultan más familiares que la trucha, pero podría vivir también sin ellas. En mi infancia se tomaban rehogadas, como las acelgas, y eran capaces de contener y resumir toda la tristeza ambiental de aquellos años. Las verduras, aunque buenas para la salud, gozan de mala imagen. Ningún restaurante triunfaría anunciando un plato de judías verdes de 60 calorías, pongamos por caso. En cambio, ya ven la que ha organizado el Burger King con la hamburguesa de 900 calorías hecha a base de materia fecal. Es muy doloroso que tengamos que alimentarnos de truchas, y de judías verdes, y de hamburguesas. Hay en la necesidad de nutrirse, de comer, algo profundamente humillante, como en la obligación de ganarse la vida. Por eso el salario mínimo resulta tan triste y tan escaso y tan doliente.

Sin duda, conocer la evolución de los precios es un modo de aproximarse a la realidad, de comprenderla. En noviembre subieron también los de las sardinas y los de las acelgas y los del conejo de granja y los de las cebollas. Podríamos decir que subió el precio de los bodegones, o de las naturalezas muertas, pues más que una noticia económica parece la descripción de un cuadro clásico. Bajaron los de la merluza. Y los de los mejillones. En cuanto a los alimentos envasados, se pusieron por las nubes el café soluble y la merluza congelada. A mí todo esto no me ayuda a comprende el mundo, ni a comprenderme a mí mismo. Pero mientras tomo nota voy matando el tiempo y van pasando las horas. Feliz regreso.

EL PAIS, 08-XII-2006

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