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Las actas. Juan José Millás

La exigencia, por parte de Rajoy, de que Zapatero entregue las actas de las reuniones con ETA, ha saltado a la calle con la fuerza de la canción Ponte el cinturón. El otro día, en el transcurso de una pelea de tráfico, cuando los contendientes estaban a punto de llegar a las manos, alguien gritó que entregaran las actas y todo el mundo estalló en carcajadas. Seguramente habría obtenido los mismos resultados pidiéndoles que se pusieran el cinturón, pues de lo que se trataba era de introducir en la disputa una tontería capaz de rebajar la tensión ambiental. Lo bueno de estos recursos es que, incluso dichos con gravedad, provocan en el oyente una sonrisa. La autora de Ponte el cinturón escribió su copla completamente en serio, con la noble idea de reforzar la campaña de la Dirección General de Tráfico. El público, en cambio, la recibió como una parodia de esa publicidad institucional. De ahí su formidable éxito cómico.

Siempre ha sido así. Ni Kafka tenía la menor idea de que era Kafka ni Cervantes de que era Cervantes ni Shakespeare de que era Shakespeare. Rajoy no se ha enterado aún de que es Rajoy. En el momento en que se dé cuenta, estamos perdidos. Urdaci, desde que unos desaprensivos de la tele le hicieron ver que era Urdaci, no deja de hacer payasadas. Rajoy, por fortuna, permanece inocente. Exige las actas con la prosopopeya de un registrador de la propiedad disfrazado de registrador de la propiedad (el caso del doble impostor, magistralmente descrito por Phil K. Dick). Si aún resiste, es porque ignora que hace humor (negro) como Silvia Padilla, la autora de Ponte el cinturón, ignora que está haciendo parodia.

No saber, tal es el secreto de la vida. No saber que eres Sócrates, no saber que eres Dante, no saber que estás inventando la electricidad o descubriendo el radio. Cela supo siempre que era Cela, lo que hizo un daño incalculable a su literatura y a su vida. Cuando sabes quién eres, cómo reprimir aquello de "no sabe usted con quién está hablando". Nosotros, cuando interviene Rajoy, sabemos que habla Mariano. Pero él no se ha enterado aún. Y mientras permanezca en su inocencia, continuará exigiendo las actas al modo en que Silvia Padilla nos pide que nos pongamos el cinturón.

EL PAIS, 13-VII-2007

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