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La "ropa". Juan José Millás

En mi casa, cuando yo era pequeño, los domingos se comía "ropa". Llamábamos así a un animal que se alimentaba de la indumentaria de la gente. Si desaparecía una prenda, era porque una "ropa" se había colado en el dormitorio. Como se trataba de un animal muy astuto, no había manera de cazarlo. De hecho, la "ropa" que comíamos nosotros venía del mercado, donde mi madre la compraba a un precio, decía ella, "colosal". A mí me gustaba imaginar que las "ropas" se nutrían, sobre todo, de las prendas interiores de las mujeres. Con frecuencia, hacía incursiones clandestinas en los cajones de mis hermanas y hundía mis aterrorizadas manos en su lencería de espuma, cuyo único defecto era el de no ser comestible. Por fortuna, la "ropa" convertía aquellos tejidos deliciosos en carne como el cordero transformaba la hierba en chuletas.

Pasado el tiempo, empezé a darme asco comer "ropa". A veces, se me quedaba una hebra de carne del animal entre los dientes y tenía la sensación de que era un trozo del calzoncillo de mi padre, o un nervio de la bragueta de mi hermano. Me di cuenta, además, de que el día que comíamos "ropa" se esfumaba "casualmente" un conejo de los que criábamos en el patio. Yo quería mucho a estos animales, a los que cuidaba y ponía nombre. Quizá por eso no me atrevía a preguntar qué era de ellos cuando desaparecían. En cualquier caso, una vez que se hizo patente esta correspondencia entre el menú de los domingos y la desaparición de los conejos, vomitaba la comida a espaldas de mi madre, que no me lo habría permitido. Los tiempos eran difíciles y la "ropa", muy, muy cara.

Un día, de madrugada, me despertó mi hermano para despedirse, pues se iba al servicio militar. Ese día comimos "ropa", pero no desapareció ningún conejo, por lo que deduje que nos habíamos comido a Jacinto, al que me resultó imposible vomitar. Para mayor confusión, no volvió de la mili, donde murió manipulando una granada. Aunque de mayor comprendí que mi madre se había inventado la existencia de la "ropa" para que yo no sufriera por la desaparición de los conejos, siempre sentí que en algún plano de la realidad nos comimos, verdaderamente, a mi hermano.

EL PAIS, 17-III-2006

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