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La piel. Juan José Millás

Dos metros cuadrados sobran para levantar una patria, y ésa es la cantidad de piel que tenemos cada uno. La piel es la envoltura de las regiones corporales, pero también de los rasgos identitarios, que diría un político. Es probable que el yo de los hipocondríacos habite junto al corazón; el de los hipnotizadores, en los ojos; y el de los escritores, en la próstata, pero todos esos yoes, y los que no hemos mencionado, pasean al caer la tarde sobre la mullida cara interior de la piel. Los granos, la soriasis y la caspa son, entre otras cosas, las manifestaciones nacionales de tales recorridos. La piel recuerda a esos enchufes de dos caras donde conectan el vídeo con el televisor o el ordenador con la impresora, pues pone en comunicación dos artefactos tan distintos como la realidad y el yo. Algunos preferirían decir que la piel nos separa de la realidad, pero se trataría de una afirmación retórica, pues ese modo de relación, que incluye formas de aislamiento, es el de las patrias propiamente dichas.

Un equipo español acaba de descubrir el modo de reconstruir toda la piel de un cuerpo a partir de una muestra del tamaño de un sello. No hemos entendido muy bien la explicación científica, pero lo que importa a nuestros efectos es que bastan 25 días para que crezca esa envoltura de las vísceras y de la identidad. El suceso ha puesto de moda la piel, y ha revelado que tacharla de superficial o epidérmica es como tachar de superficial a una frontera, cuando no cabe herida más profunda en un territorio. A través de la frontera, las identidades separadas se comunican para intercambiar pensamientos o balas de cañón. En cierto modo, la piel es una herida, una llaga, por la que el mundo infecta al yo y el yo infecta al mundo.

Tampoco hemos entendido bien si la piel cultivada a partir de una pequeña muestra es artificial o verdadera, pero nos ha sobrecogido la información de que durante los 25 días que tardan en hacerse esos dos metros cuadrados de patria, los médicos cubren el cuerpo y la identidad de los quemados con la piel (¿o deberíamos decir la patria?) de un cadáver. No sabemos si para bien o para mal, pero lo cierto es que ese "ponte en mi piel", que decimos para solicitar la comprensión de los demás, ha dejado de ser una metáfora.

EL PAIS, 30-X-2004

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