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La noche. Juan José Millás

En la casa de un compañero mío del colegio había una habitación en la que siempre, siempre, era de noche. Aunque en el resto de la vivienda fueran las doce del mediodía, desde la ventana de ese cuarto se veía una calle oscura con las farolas encendidas y algún que otro transeúnte rezagado, que se apresuraba hacia el hogar con expresión huidiza. Nunca vi esa habitación, porque estaba cerrada con llave (el padre de mi amigo no quería que la rareza se propagara por el vecindario), pero me asomé más de una vez a ella por el ojo de la cerradura y comprobé que se trataba de un dormitorio. Hoy habríamos dicho que aquel dormitorio daba a una dimensión distinta de la realidad, pero entonces carecíamos de recursos verbales de esa naturaleza. Era siempre de noche y punto.

Mi amigo no me dijo si sobre la cama de la habitación dormía eternamente alguien, pero yo supuse que sí, porque era lo lógico, y empezó a darme miedo jugar en su casa. Imaginaba que el durmiente se despertaba en medio de la noche y que al abandonar el dormitorio para ir al cuarto de baño descubría que en el resto de la vivienda era de día. Me hacía cargo de su pánico hasta el punto de que tenía que ponerme a cantar o a gritar para ahuyentar la fantasía. Nunca volví a mirar por el ojo de la cerradura, y poco a poco dejé de frecuentar aquella casa. Ya de mayores, coincidí alguna vez por el barrio con mi amigo, pero jamás hablamos de la habitación oscura ni tuve la curiosidad de volver a verla. Desapareció de la realidad, en fin, pero se quedó dentro de mi cabeza.

Hace poco tuve que viajar a una ciudad extraña por razones de trabajo. Como no encontré hotel, unos conocidos me dejaron dormir en la habitación de invitados de su casa. A eso de medianoche me desperté y oí al otro lado de la puerta unos cuchicheos. Entonces tuve la seguridad de encontrarme en una habitación en la que siempre era de noche y de la que yo era el habitante. Pasé unas horas infernales hasta que comprobé que se hacía de día. Entonces abandoné el cuarto para desayunar con la familia que me había acogido y descubrí, espantado, que todos dormían porque, aunque en mi dormitorio era de día, en el resto de la casa era de noche.

EL PAIS, 3-I-2003

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