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La memoria. Juan José Millás

Parece que Adolfo Suárez no recuerda que fue presidente de España ni qué rayos significa esa palabra, España. Los desagües de la historia no se atrancan jamás. Absorben fechas, nombres, acontecimientos a una velocidad de vértigo. "ÿse fue ministro con Felipe González", te dicen en el restaurante. Tú lo miras y te parece que es la primera vez que lo ves. Si acaso, te suena de la cola del pan. ¿Qué ha ocurrido? Que lo ha devorado el tiempo hasta convertirlo en esa especie de fantasma. La palabra tiempo no impresiona como no impresiona hablar de los cien mil espectadores de un estadio, pero cambien los espectadores por bocas: cien mil bocas, con veintiocho piezas dentales cada una, sin contar las muelas del juicio, que estamos a punto de perderlo: casi tres millones de dientes. O doscientos mil labios, o dos millones de dedos si incluimos los de los pies... No piensen en el tiempo, sino en los miles de segundos que como termitas nos atraviesan ahora mismo los párpados dejando un montoncito de aserrín sobre las teclas del ordenador.

El tiempo. La memoria. La memoria individual de Adolfo Suárez se ha desleído ya en el océano de la memoria colectiva. Pero a veces llegan a la orilla del presente coágulos o grumos insolubles de aquellos días. La transición, ¿recuerdan? ¿Recuerdan al joven Suárez de la camisa azul? Nos resultaba tan familiar como ese hermano listo y un poco golfo de papá que intuyó antes que nadie el final de la dictadura analógica y el advenimiento de la monarquía digital. Por esas mismas fechas, Fraga Iribarne se refugiaba en la extrema derecha, con los siete magníficos. ¿No se acuerdan de los siete magníficos, aquel conjunto de fascistas recalcitrantes que pensaban más en el coche oficial que en la gobernabilidad de España, España, España, una cosa que ni Adolfo Suárez, que la presidió, recuerda en estos momentos lo que es?

Para averiguarlo, y después de años de amnesia, se han empezado a destapar al fin las fosas comunes del franquismo. En esas sepulturas sin nombre se esconde gran parte de la memoria histórica de este país y, por lo tanto, de su verdadera identidad. Si el número de esqueletos no le dice a usted nada, piénselo en corazones rotos.

EL PAIS, 3-VI-2005

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