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La estampita. Juan José Millás

Satán existe y se le ha aparecido a Aznar para hacerle una propuesta clásica. "Imagina", le ha dicho, "a un hombre que recorre las calles de una ciudad situada a miles de kilómetros de aquí; no sabes si está casado o viudo, si tiene hijos, si es feliz. Desde tu perspectiva, posee la relevancia de una hormiga. Podrías acabar con él apretando este botón. Te diré, por si eres escrupuloso, que no habla tu idioma, que es pobre, de piel oscura y que practica una religión distinta de la de tu mujer. El botón está desinfectado. Sólo trabajo con tecnología punta y adoro la higiene. Es un botón sensible: basta acariciarlo con la yema de los dedos. Puedes, si lo prefieres, ponerte unos guantes de cirujano para que todo sea más limpio, para no dejar huellas, para parecer un médico en vez de un asesino".

"El hombre morirá en seguida, y, a cambio de esa muerte tan insignificante, tus pies alternarán con las pezuñas de los seres más poderosos de la Tierra sobre la misma mesa de café. Los generales se fotografiarán a tu lado pasándote la mano por el hombro. Todo lo que fantaseabas en tus sueños de adolescente más pringosos se cumplirá en el momento en el que ese hombre-hormiga muera. Veo que salivas de gusto, por lo que te diré la verdad: en este caso concreto no se trata de un hombre, sino de una población entera, un hormiguero. ¿Qué más da? ¿Acaso sabes quiénes son esas niñas, esos adolescentes desharrapados, esos hombres que visten y gesticulan de un modo extraño para ti? Si lo piensas, están en la frontera de la animalidad. Aprieta el botón, no sigas resistiéndote a la dicha".

El diablo ha hecho la misma propuesta a otros hombres, para amortizar el viaje a la Tierra, pero sólo la han aceptado tres, no sabemos si los tres más tontos o los tres más ambiciosos, aunque puede que sean los tres más tontos y más ambiciosos a la vez. El diablo se los ha llevado volando por los aires a una isla perdida en medio del océano, ha abierto un sobre y les ha enseñado el 10% de los placeres a los que tendrían acceso si se decidían a apretar el botón con o sin el apoyo de las leyes. Y ellos, los tres, han dicho babeando que sí porque, aunque parezca mentira, el timo de la estampita continúa funcionando. Ya vemos con qué clase de individuos.

EL PAIS, 21-III-2003

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