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Justicia. Juan José Millás

Cuando te enteras de que Morientes está cedido y Valdo, traspasado, lo único que se te ocurre es que el Madrid es masoquista, pues paga al primero para que lo humille desde el Mónaco y se quita de encima al segundo para que le haga morder el polvo desde Osasuna. Quizá sea un error de gestión, pero la verdad es que parece un problema psicológico. En cualquier caso, da gusto pensar que, aunque la justicia poética no es una norma de obligado cumplimiento, de vez en cuando se aplica con el rigor que últimamente estamos viviendo en el deporte y en la política. A ratos, tiene uno la dulce impresión de que hay alguien a los mandos de este perro mundo. Tome nota Rodriguez Zapatero de que las mentiras y las mezquindades prepetradas en nombre del bien común se vuelven contra el gobernante, a veces en forma del mal particular, cuando convierte el papel del Estado en papel higiénico.

Pero sigamos con el Real Madrid, que parece haber perdido su vocación deportiva para convertirse en una metáfora, sin que se sepa cuánto tiene que ver en ello la afición de Valdano por la literatura. La transformación comenzó al final de la temporada pasada, cuando el jefe de Recursos Humanos de este equipo decidió expulsar de mala manera a Vicente del Bosque por haber ganado la Liga y por llevarse bien con los jugadores. A primera vista, parecía un disparate y, a segunda, también. Pero contemplados estos despropósitos laborales desde la cabeza de un temperamento soberbio como el que los guiñoles atribuyen a Florentino, parecían contener la siguiente amenaza: "Si doy una patada a los empleados que me funcionan, imaginen lo que seré capaz de hacer con los que no".

De hecho, por aquellos días el Madrid se desprendió, también con un estilo deleznable, de un jugador esencial como Makelele, que había tenido la osadía de pedir un justificadísimo aumento de sueldo. Estaría bien, en fin, que perdieran la Liga, no sólo para que la ganara el Valencia y Florentino apurara hasta las heces el cáliz de la justicia poética, sino por la curiosidad de ver qué hacen con Queiroz. Aunque a lo mejor le dan un premio, como a Zaplana. Verdaderamente, los dioses vuelven locos a los hombres antes de destruirlos.

EL PAIS, 16-IV-2004

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