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Inventos. Juan José Millás

Muchos creíamos que el cajero automático se había desprendido de la filosofía bancaria con la naturalidad con la que la baba se desprende del cuerpo del caracol. Ni se nos pasó por la cabeza que hubiera que inventarlo. Pero lo cierto es que se le ocurrió a un tal John ShepherdBarron, mientras sesteaba en la bañera, igual que a Arquímedes el principio homónimo. Cabe preguntarse en qué estaría pensando Shepherd-Barron para que se le viniera a la cabeza un aparato con tantas ranuras, unas para dar y otras para tomar. Fantasías eróticas que en apariencia no van a ningún sitio se concretan luego en artefactos enormemente útiles para la humanidad. A estas alturas, no podríamos vivir sin el cajero automático (ni sin la licuadora de frutas, que es una representación mecánica de perversiones como la coprofilia y la lluvia dorada).

Tampoco podríamos vivir sin el fotomatón. El fotomatón compite en número de ranuras con el cajero automático y de los dos aparatos obtienes una imagen de ti mismo. La diferencia entre uno y otro es que el cajero te da conversación y te pregunta, por ejemplo, en qué idioma deseas copular con él. Según algunos estudios, mucha gente pide el saldo en francés, porque la respuesta, tanto si es buena como mala, suena mejor que en castellano. Nunca -aconsejan estos estudios- se debe pedir el saldo en alemán, porque si tienes mucho suena como si tuvieras poco y, si tienes poco, parece que te insulta al tiempo de darte la información. El segundo idioma más solicitado es el gallego, también por su capacidad para dulcificar las malas noticias. Es el que uso yo.

Lo cierto es que, al final, tanto el fotomatón como el cajero te retratan. Y por lo general sacan lo peor de ti: el fotomatón, ese rictus de hiena que los años no han hecho sino acentuar; el cajero, esa nómina tísica con la que no vas a ningún sitio. Quiere decirse que de la relación con las rendijas casi siempre salimos mal parados (y peor cuanto más orgánicas parecen). Tendríamos que inventar un aparato sin boca, sin oídos, sin culo... Una especie de caja hermética en la que no pudiéramos meter nada ni sacar nada. Un objeto absolutamente puro, un poema. Lo difícil sería comercializarlo.

EL PAIS, 07-IX-2007

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