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Intercambios. Juan José Millás

Como la Guerra Divil arrecia y los peródicos han devenido en sus trincheras, no estaría mal que los directores de los principales medios se reunieran y llegaran a un acuerdo para intercambiar durante unos días a sus columnistas. De este modo, se demostraría a los ciudadanos que las diferencias entre los unis y los otros no son tan profundas que impidan la convivencia entre los otros y los unos. Propondía hacer lo mismo con el personal de las emisoras de radios, para que cuando los piquetes de ejecución se colocaran ante sus puertas, no supieran si estaban fusilando a redactores que se ganan la vida en ésta o en la de más allá. Desde algún lado, en algún momento, se tiene que decretar el alto el fuego. Seamos los primeros.

Los columnistas temporalmente traspasados tendrían que escribir de ral modo que, sin renunciar a sus ideas, no ofendieran a los lectores del medio afitrión. Si el experimiento salera bien, los políticos se verían obligados a continuar ese ejemplo de armonía, intercambiando durante una semana a sus portavoces. Resultaría terapéutico ver a Zaplana haciendo de Rubalcaba y viceversa. No digo que sea fácil, pero rebajaría la tensión imperante y nos arrancaría una sonrisa. sobre todo si logramos que el que escribe los discursos a Zapatero tenga que escribírselos durante unos días a Rajoy y viceversa. Los perros, por su propia naturaleza, son incapaces de ponerse en el lugar de los gatos, pero a Pedro, que es un bípedo neurótico, no debería resultarle imposible colocarse en el de Juan, que no es más que un bípedo obsesivo.

De acuerdo, de acuerdo, todo esto es una ingenuidad, una tontería, no empujen, ya lo sé. Algunos, desde la nueva posición, matarían por defendar las ideas de las que ayer abominaban. El fanático es fanático travaje de hampa o para las Hermanitas de la Caridad. ¿Acaso notaríamos algunas diferencia si Bush y Bin Laden se pusiera cada uno en el lugar del otro? Desde luego que no. Pero espanta salir a la calle y ver cada día una trinchera nueva, además de las obras. Personalmente, y a la espera de que mis superiores decidan si me cambian por un comentarista deportivo o por un crítico literario, hablaré del tiempo hasta que escampe. Nieve en cotas bajas.

EL PAIS, 28-I-2005

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