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Imitaciones. Juan José Millás

La idea de enviar a un festival falso, como el de Eurovisión, a un cantante de mentira, como Chikilicuatre, nos pareció sobresaliente. Pero se queda pequeña frente a la iniciativa de prohibir por contrato a David Fernández, el actor que da vida al cantante, realizar entrevistas como David Fernández. En un mundo en el que la copia ha alcanzado una difusión (y quizá un prestigio) que el original no pudo ni soñar, Chikilicuatre ha devenido en la metáfora legal de la industria pirata, que abarca desde los Levi's a los Rolex, pasando por el top manta, la política facsímil, la novela de ficción (no es una redundancia) o el sucedáneo de caviar. Hay en Chikilicuatre un concentrado tal de plagio que a poco que exagerara, su papel podría devenir, como Manuel Pizarro, en un producto genuino.

Con todo, insistimos, ningún acierto como el de prohibirle ser públicamente David Fernández. Para eso tiene la intimidad del hogar (si se lo permite su madre, que quizá le obligue a comportarse también en casa como Chikilicuatre, ya que como David Fernández no le ha dado aún ninguna satisfacción). Algunos dirán que es como si Javier Bardem sólo pudiera conceder entrevistas en su calidad de Chigurh, el personaje de No es país para viejos. O como si James Gandolfini sólo pudiera hablar por boca de Tony Soprano. Pero de eso se trata, de la posibilidad de ser otro por contrato. Y cobrando. ¿Cabe imaginar mayor chollo? Si uno fuera el psicoanalista de David Fernández, le exigiría que llegara a la consulta disfrazado de Rodolfo Chikilicuatre y que no hablara de los problemas del primero, que son, por reales, innecesarios, sino de los conflictos del segundo, que poseen la belleza del producto hecho a mano. Y si le parece mal, que renuncie. Pero sin olvidar que Rodolfo triunfa estrepitosamente allá donde David fracasó de forma minuciosa.

EL PAIS, 21-III-2008

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