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Hipnosis. Juan José Millás

Pues claro que Conde no ha necesitado sobornar a nadie para conseguir beneficios penitenciarios. Las cosas más importantes de la vida no se obtienen a base de dinero, sino a base de hipnosis. Si posees la capacidad hipnótica suficiente, puedes encaramarte a lo más alto sin aflojar la pasta. Así es como Conde llegó a presidir un banco y a convertirse en el modelo existencial de millones de jóvenes economistas. Medio país quería llevar sus camisas, su brillantina, su mirada. No fue preciso que pasara por ventanilla para que le hicieran doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, a cuya ceremonia acudió el Rey (al que tampoco fue necesario pagar para que se presentara). Cuando tienes mucho dinero, basta con que lo muestres y te invitan en todas partes. Conde tenía un yate y un vestuario y un perfume que enloquecían a todos los que se acercaban a él. Lejos de aflojar la pasta, se la iban entregando por donde pasaba.

Ya en la cárcel, lo primero que ha hecho es no perder la compostura. Sabe que la clase sigue siendo un arma para comprar voluntades y favores. No se ha mostrado nunca con barba de tres días. Lo vemos entrar y salir de la trena vestido como un maniquí y con la mandíbula adelantada. Si hay periodistas alrededor, los saluda alegremente, como si en vez de encontrarse en las puertas de la prisión, estuviera a punto de entrar en el Ritz. Compárenlo con Roldán, que se ha venido abajo, y comprenderán lo que digo. Roldán ha elegido, para conseguir los beneficios penitenciarios que no le dan, la vía de la pena. No come, no duerme, dicen que tiene ideas obsesivas. Pero la pena no funciona. Usted se presenta en un restaurante de moda completamente lleno pidiendo que le hagan un hueco por caridad y le dan una patada. Pero si lo pide a través de la hipnosis, le dan la mejor.

Conde no ha necesitado sobornar al ex-director de su prisión porque los verdaderos poderosos compran favores con gestos, no con pasta. La pasta llega más tarde, con frecuencia en especies. Si Conde, pese a su situación, le pone la mano sobre el hombro a alguien, ese alguien se siente tocado por la gracia. Y eso no es soborno, es embrujo.

La opinión de Zamora, 24-VIII-2004

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