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Hacerse el loco. Juan José Millás

A Juan Bravo Rivera, concejal de Hacienda del Ayuntamiento de Madrid, le preguntaron si el nuevo impuesto de basuras con el que Gallardón ha castigado al personal tenía que ver con la deuda de siete mil millones que dicha ciudad ha contraído minuciosa e inútilmente a lo largo de los últimos años y dijo que no. Pero lejos de limitarse a la negación, la argumentó con las siguientes palabras: "El problema que tiene el ayuntamiento es un déficit estructural de su financiación que no tiene nada que ver con el volumen de la deuda". Muy hábil, el tal Bravo Rivera. Madrid se ha metido en un lío económico gordísimo por culpa de las ansias de grandeza de su alcalde, pero eso no es un problema. El problema es el déficit estructural etcétera.

Dado que los políticos son muy aficionados a comparar la economía colectiva con la doméstica, supongamos que usted, por su mala cabeza, se ha endeudado en cantidades a las que no puede hacer frente. Entonces va al banco a pedir un crédito (uno más) para salir del apuro, y el banco, tras estudiar su expediente, se lo niega.

¿Pero por qué? preguntará usted al señor de la ventanilla.

Porque está usted hasta el cuello de deudas.

Pero el crédito que ahora les pido responderá usted astutamente no tiene nada que ver con mi deuda, sino con un déficit estructural de financiación.

Llegados a este punto, lo más probable es que el señor de la ventanilla le mire a usted como si usted estuviera loco, o como si se lo estuviera haciendo por lo menos. ¿Cómo deberían mirar los madrileños al concejal de Hacienda de su ayuntamiento, como si le hubiera dado un brote o como si lo fingiera? Pues no es fácil de decidir, mire usted, porque la raya entre el fingimiento y la realidad tampoco está tan clara. Hay gente que empieza haciéndose la loca y acaba loca de verdad. La política actual, desde Berlusconi a Sarkozy, pasando por quienes ustedes quieran señalar, está llena de personajes raros, sobre los que no sabe uno qué decir. Pero volviendo a Gallardón, empezó fingiendo que era Napoleón y ha acabado creyéndoselo (a cargo del erario, claro).

La Opinión de Málaga, 20-X-2009

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