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Gin tonic. Juan José Millás

A un amigo escritor le robaron el móvil mientras caminaba por la calle charlando con su amante. En Madrid se está poniendo de moda este tipo de hurto, que deja a la víctima absurda, con una mano hueca en la oreja y la mirada perdida en la espalda del caco. Se queda uno en medio de la acera no ya sin teléfono, sino sin plática. En el caso al que me refiero el robo se produjo cuando la mujer animaba al hombre a abandonar de una vez a su esposa para poner fin a aquella situación enloquecedora. Justo una décima de segundo antes de que el escritor se compremetiera a hacerlo, una sombra le rozó el costado y le extirpó, como un bisturí, el teléfono de la mejilla.

Tras los primeros momentos de perplejidad, la víctima buscó una cabina para disculparse con la amante, pero como no vio ninguna a mano entró en una cafetería y pidió un gin tonic con la idea de serenarse antes de tomar ninguna decisión. Al segundo trago le pareció que aquello había sido un aviso de que no debía separarse de su mujer. Era demasiada casualidad que le hubieran quitado el teléfono cuando iba a dar un sí con el que tal vez habría arruinado su vida. Al cuarto trago dedujo que el ladron era en realidad un angel protector. Pidió otro gin tonic y con la ayuda de la ginebra y de la culpa acabó construyendo un relato moral sobre aquella situación adulterina a la que decidió poner fin en ese mismo instante.

Se incoporó, pues, para telefonear a su amante. Pero hete aquí que antes de llegar a la zona de los teléfonos encontró debajo de una mesa del establecimiento otro móvil idéntico al suyo que además estaba encendido. Mi amigo miró alrededor, por si hubiera alguien con cara de haber extraviado una conversación, pero la cafetería se encontraba desierta. Cogió el aparato y, tras unos segundos de incertidumbre, interpretó esta nueva señal como un aviso de que no debía dejar a su amante, a la que telefoneó desde allí mismo para prometerle que esa noche abandonaría a su mujer. Después se acodó en la barra, pidió otro gin tonic y cuando estaba reescribiendo mentalmente la historia del ángel, sonó el móvil que acababa de encontrar, pero no lo descolgó porque le habían encargado escribir un cuento y aquello empezaba a parecer una novela.

EL PAIS, 16-I-2004

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