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Escupideras. Juan José Millás

Yo tenía una tienda de paraguas en la que no vendía paraguas porque me daba miedo quedarme sin ellos. En esto, el Banco Central de Paraguas, a fin de activar el comercio, se ofreció a regalarme cuantos quisiera. Bueno, no me los regalaba pero casi. Me salían a cinco céntimos la unidad, cuando yo podía venderlos sin problemas a diez o quince euros. Acepté la oferta, claro, y llené el almacén de paraguas a los que daba salida sin cesar, pues además de llover mucho, y habida cuenta de que a mí prácticamente me salían gratis, preferí ponerlos muy baratos.

El negocio se animó, de modo que el Banco Central no cesaba de fabricarlos para atender la demanda. Entonces, de un día para otro, los paraguas se devaluaron. Como eran tan fáciles de conseguir, la gente los usaba una vez y los abandonaba de cualquier manera en los contenedores de las basuras, donde aparecían a cientos. Parecían murciélagos descoyuntados. Tuvimos que empezar a dar dinero a quien se los llevará de la tienda, como cuando te prestan el dinero a interés negativo. El ciclo económico de prosperidad duró unos meses durante los que el Banco Central de Paraguas produjo graves quebrantos económicos entre sus accionistas. Sobra decir que con los cinco céntimos que los comerciantes les pagábamos por unidad no cubrían costes ni de lejos.

Yo tuve que cerrar la tienda, claro, y ahora estoy intentando desprenderme del stock a fin de traspasarla. Mi mujer dice que no me preocupe, que si supimos apuntarnos a la burbuja de los paraguas, tampoco nos fallará el olfato para detectar la siguiente. Y ahí estamos los dos, adivinando por dónde vendrá el dinero la próxima vez. Dice mi cuñado que nos apuntemos a las escupideras virtuales, que es un sector en alza.

EL PAIS, 12-IX-2014

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