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"En Tíbet murió gente en mis brazos". Sara España

Llegó a Madrid en diciembre con 25 kilos de documentos metidos en una mochila y volvió a Nueva York a los tres días sin ellos. Son pruebas para un juicio contra el expresidente chino Jiang Zemin, el exprimer ministro Li Peng y otros seis mandatarios de la República Popular China que se está instruyendo en la Audiencia Nacional. Blake Kerr es uno de los testigos clave.

El médico estadounidense no ha dedicado 30 años de su vida a la defensa de Tíbet porque quedara enamorado de las cumbres nevadas, sino porque presenció las atrocidades que se estaban cometiendo allí. Acababa de terminar Medicina, tenía 29 años y quiso escalar el Everest. Su vida cambió en ese viaje. Se dijo: "OK, tengo un nuevo trabajo". Se refería a la defensa de los derechos humanos de los tibetanos.

Era 1987 y fue testigo de la violencia con la que China respondía a las manifestaciones de los monjes. "La primera vez que fui no había demasiados chinos en Tíbet, pero la última vez que estuve en Lhasa la capital se había llenado de locales como karaokes, restaurantes... Había mucha presencia militar", comenta el médico mientras picotea ligeramente la degustación de ibéricos.

El relato de lo que vivió las tres veces que estuvo en Tíbet en 1991, 1993 y 1999 no le deja casi probar bocado. "Murió gente en mis brazos", asegura. En aquellas primeras revueltas, trató de atender a los monjes heridos que evitaban los hospitales por miedo a ser detenidos. "Disparaban a discreción contra niños, mujeres...".

A la vuelta de su viaje, decidió denunciar lo que había presenciado. Llegó al Congreso de EE UU. "No le dieron credibilidad a los testimonios porque procedían únicamente de los refugiados", se lamenta. Bebe un trago de cerveza y prosigue: "Decidí volver en secreto para recabar pruebas".

En ese tiempo, asegura haber conocido 144 casos de tibetanas que fueron esterilizadas sin consentimiento, otros 130 abortos forzados y ocho infanticidios. "Como minoría étnica no podían tener más de dos hijos y, si se pasaban, les ponían inyecciones letales a los fetos y esterilizaban a las mujeres; también les embargaban el sueldo", denuncia Kerr. Asegura que todo lo tiene debidamente documentado. Se entrevistó con médicos y personal de los hospitales que le contaban sin tapujos la política de control de natalidad impuesta por China. Con la excusa del doctor que compara y comparte experiencias, consiguió grabar en cámara oculta estos testimonios que ahora fundamentan la querella interpuesta por la ONG Comité de Apoyo al Tíbet y que instruye el juez Ismael Moreno en la Audiencia Nacional.

Sus declaraciones y las pruebas recogidas han servido para denunciar el genocidio del pueblo tibetano en la modalidad de reducción del número de población. "Los monjes tenían miedo de que China les tragase", añade. Las entrevistas que grabó en secreto demuestran también que el gigante chino realizaba una política eugenésica para perfeccionar a los ciudadanos. "Esterilizaban a las mujeres que, según ellos, tenían un retraso mental. ¿Y sabe cómo determinaban la supuesta discapacidad? Dependiendo de si sabían hablar chino o no", afirma con incredulidad.

EL PAIS, 13-I-2012

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