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El velo. Juan José Millás

Las siamesas fallecidas usaban un velo para las dos cabezas. En un mundo de oraciones gramaticales simples, Ladan y Laleh eran una oración gramatical compuesta. Ni se entendían ni las entendíamos, aunque las leíamos mecánicamente, como los niños el catón, cada vez que aparecían en la tele. Aunque no las comprendiéramos, nos fascinaba el sonido de sus vocales, el sabor de sus consonantes. Nos sorprendía el hecho de que la oración terminase de un modo idéntico al que comenzaba. En cierto modo, eran como un juego de palabras de las que ellas mismas estaban hartas. Sólo podían verse la una a la otra a través de un espejo, como esas frases escritas al revés donde aparece la solución al crucigrama. Llevaban 29 años intentando descifrarse por los cauces normales hasta que dijeron hasta aqui hemos llegado: vengan los cirujanos.

La cirugía siempre implica un fracaso. Cuando hay que abrir con un cuchillo, es porque no se ha encontrado la cerradura o porque no hemos dado con la combinación secreta. No sabemos cuál era la combinación secreta de esas dos chicas que siendo completamente diferentes eran completamente iguales. Si no sabemos qué queremos decir cada uno de nosotros, cuya simpleza salta a la vista, ¿cómo averigurar el sentido de esas dos mujeres que cada vez que salían por la tele nos ponían contra las cuerdas del significado? Para evitar las grandes preguntas, nos interrogámos acerca de las cuestiones de orden práctico: cómo montarán en bicicleta, como se vestirán, cómo se peinarán, cómo resolverán sus asuntos íntimos sabiendo que las ideas de la una pasan tan cerca del perímetro por el que circulaban las ideas de la otra.

Total, que fueron a los médicos y les pidieron que les desataran el nudo del velo común. Querían tener un velo cada una, una cabeza cada una, un peinado cada una, una profesión cada una, unos horarios cada una, cada una: una existencia distinta, en fin, cada una de las dos. Cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo, aunque las probabilidades fueran tan escasas. Cumplieron el sueño de ser dos al precio de no ser ninguna. No quisiera estar en la piel de quienes tengan que enterrarlas juntas o separadas ¿Qué habrían decidio ellas?

EL PAIS, 11-VII-2003

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