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El suicida. Juan José Millás

Señor juez: el primer día me levanté a la hora de siempre sin haber puesto el despertador. En algún lugar entre el dormitorio y la cocina, y al comprender que ya nunca volvería a encontrar trabajo, una cuchilla afiladísima, aunque invisible, cayó sobre mi existencia separando el antes del después. De modo que a la cocina no llegué yo, sino la mitad de mí; el otro medio, con el que ya nunca volvería a coincidir, se había quedado a la altura del cuarto de baño, descargando en el retrete la versión intestinal de nuestro pánico. Era un martes, pero parecía medio martes también, no porque resultara más corto, sino porque respiraba a medio pulmón.

Cuando aquel medio martes expiró, me metí con mi medio pijama en la cama y dormí media noche gracias a un somnífero entero que me había recetado el médico al mostrarle mi carta de despido. Luego hice sumas y restas con mi indemnización, mi paro, mi hipoteca, mis tres o cuatro agujeros económicos de clase media, que habían devenido de súbito en cráteres de clase baja. Después me levanté sin hacer ruido, para no despertar a nadie, y recorrí la casa acariciando la cómoda, la mesa del salón, las sillas recientemente tapizadas, todo aquello en lo que se resumía la sustancia familiar y que, misteriosamente, ya no era mío. Encendí la tele, busqué un canal de noticias y me asusté un poco al comprender que los telediarios no me concernían, ni yo a ellos. Ya sabe, los millones de Bárcenas, la amnistía fiscal, el ático marbellí de Ignacio González, las mentiras de Cospedal…, todo se había quedado al otro lado, cuando la cuchilla, en medio del pasillo, dividió mi existencia y me alejó de mí mismo. Pensé que la ventaja de disponer de media vida era que solo necesitaría emplear la mitad de las energías de un suicida normal. Decida usted si debería culparse a alguien de mi muerte.

EL PAIS, 18-I-2013

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